lunes, 24 de agosto de 2015

LA FECHA PATRIA DE LOS ESCRITORES ARGENTINOS

Hoy se conmemora el Día del Lector en homenaje al nacimiento de Jorge Luis Borges.

"UNO NO ES LO QUE ES POR LO QUE ESCRIBE SINO
  POR LO QUE HA LEÍDO" 

Gracias, maestro por todo lo que nos diste!!!

sábado, 15 de agosto de 2015

UNA SIMPLE ESPINA del libro Esa obstinada Costumbre de Morir

UNA SIMPLE ESPINA
            Hacía una semana que no lo veía. La separación había sido terrible, como suelen ser todas, pensaba: recriminaciones, insultos, amenazas y pase de factura por años de mala convivencia. Recapacitó que no tenía sentido tener miedo, que era un hombre como cualquiera, herido en su machismo. Estaba segura de no querer continuar con esa vida. Ya no más, se repetía. Contaba con el apoyo de Fabián pero a la vez, muy adentro, su corazón le susurraba que aún sentía algo por Darío. Al fin de cuentas, era el padre de sus hijas.
            Cuando la llamó para tomar un café, trató por todos los medios de negarse. “No quiero verte mássólo en el juzgado”, aclaró. Pero siempre había sido un seductor, un manipulador; implorando, le dijo que necesitaban terminar bien, por las chicas.
            Lo esperó en una confitería del centro. Darío apareció quince minutos tarde con una sonrisa impostada y una rosa. Se la ofreció sin sentarse. Ella mostró resistencia: no quería regalos ni promesas. “Lo último, para que no me olvides”,  dijo él. La recibió sin ganas, quitándole importancia; descuidada se pinchó con una espina húmeda, sangró y se llevó el dedo a la boca.

            En diez minutos el cianuro hizo su trabajo. “No vas a ser de otro, nunca”, había gritado cuando ella decidió por fin salir de la casa. Tuvo razón.



jueves, 6 de agosto de 2015

VENCIMIENTO (otro cuento del libro Esa Obstinada costumbre de morir)

VENCIMIENTO
El tic-tac cansino del despertador denuncia sus pilas gastadas. El cuarto  está frío. Mis pies también. Hoy no quiero abrir los ojos. El acolchado me amortaja. Ni una pequeña rendija en la persiana permite entrar luz a la habitación. El gato, que siempre salta sobre mí pidiendo el desayuno, ya desinteresado, ronca bajo la cama como un perro. Mi cuerpo persigue los restos de un sueño en el que termino de preparar las valijas. Un aroma ácido impregna el cuarto a oscuras y descubro en mí una saliva lentamente espesa y amarga. Como todos los días, mi mujer entra para correr las cortinas. Todo sería natural si  no apareciera. Un sol a rayas va inundando el dormitorio. Ella, todavía en pantuflas y camisón me da un beso prolongado y un buendíamiamor que parece llegar desde un grabador defectuoso. Tras mis párpados cerrados vislumbro su desconcierto, me destapa, apoya el oído sobre mi pecho, la escucho gritar con voz desconocida, me sacude, me da cachetadas y me insulta como nunca antes.
            Ahora se arrodilla y llora. El despertador se detuvo a las 7.  Mi corazón también.



lunes, 27 de julio de 2015

TÁNATOS Y EROS

TÁNATOS Y EROS
El Hospital Interzonal se había convertido, en sólo dos horas, en un verdadero pandemónium. Los heridos llegaban casi arrastrándose o acompañados de amigos y familiares; enseguida, fue claro que las camillas y los insumos  iban a ser insuficientes.
La bomba estalló en el corazón de un concurrido shopping el sábado a las seis de la tarde. La Dirección del Hospital convocó al personal médico, de apoyo logístico, instrumentistas, sin olvidar al equipo de la morgue. Todo aquel que no estuviera de guardia debía presentarse.
Las sirenas no cesaban de sonar, los televisores de las salas de espera transmitían minuto a minuto, vívidamente, lo que aún estaba sucediendo.
Cientos de personas sufrieron el ataque terrorista. Algunas fueron llevadas a clínicas particulares; las que estaban inconscientes o no tenían cobertura, eran transferidas de inmediato al Interzonal.
Facundo y Soledad cumplían guardia de cirugía esa tarde. Pero no se enteraron sino hasta media hora después de que comenzaran a llegar los heridos. Encerrados en el cuarto de descanso, los jadeos silenciaban los gritos.
Muerte y vida se conjugaban en el enorme edificio.
Una vez vestidos, dejaron la habitación y se entregaron al fárrago de llanto y sangre. Dos días y sus noches tardó en aplacarse la crisis.

Al tercer día, más o menos a las seis de la tarde, ojerosos y agotados, volvieron a encerrarse en el cuarto de descanso.

ANIVERSARIOS

En el aniversario del nacimiento de ROBERTO ARLT y ALDOUS HUXLEY

jueves, 23 de julio de 2015

Nostalgia

Nostalgia
© David Gómez Salas, el Jaguar.

Por temor a no poder
evitar que la olas mueran
las dejé de ver.

Pero las olas solo se acuestan
y se vuelven a levantar.
Nunca mueren, siempre están.

Tu recuerdo nunca se fue
sigo pensando en el mar,
No te dejé de ver.

Aún sin volver al mar,
me fue imposible olvidar lo amado.
Ausencia de ausencia, fue.

miércoles, 22 de julio de 2015

Tormenta

Tormenta © David Gómez Salas

El viento dobló los pinos,
y sacudió los pirules con violencia.
Los frutales se veían indefensos
al inicio de la tormenta.

Después llegaron los
relámpagos
con desfasados truenos.

Inició la tormenta
con toda furia del cielo,
cayeron ríos de agua,
se inundó el suelo.

Crujieron los árboles
al desgarrarse sus ramas y troncos
Las corrientes arrastraron piedras y lodo,
se llevó la tierra vegetal
y asomó el tepetate duro y bronco.

Terminó la tormenta pronto,
En el semidesierto, así es el destino,
la naturaleza edifica lentamente
y le da un final repentino.

Al terminar la tormenta
suspiré y mire al cielo.
Un cielo ofensivamente
limpio...

viernes, 10 de julio de 2015

EL GUARDIÁN

Y sigo regalándoles mis cuentos: Del libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

EL GUARDIÁN
            La veo entrar, cansada, después del trabajo en su bufete de abogada de la 5º Avenida. Aunque estoy acurrucado bajo el sillón del hall, veo que su maquillaje ya no puede ocultar las ojeras de un día complejo. Mariana va a la cocina, se sirve un jugo y galletitas y luego prepara su acostumbrado café negro. Lynn suele venir minutos más tarde: el tiempo suficiente para que ella descongele alguna comida al terminarlo. Abre la botella de Chablis y la lleva al living: pone música.
            Apaga el celular y lo abandona sobre el audio; se queda mirando por el ventanal el puente de Brooklyn que, separándola de Manhattan, le asegura una horas de descanso y tranquilidad.
            Mira el reloj y pone sin apuro la mesa para dos. Me llama. No me muevo. Tengo miedo. Empieza a buscarme, extrañada. Se encoge de hombros. Sabe que nunca me escapo.
            Vuelve a la cocina y yo me escondo más, estrechándome todo lo que puedo, que no es mucho. Sigue llamándome. Mudo.
             Mira sorprendida el saco de Lynn, colgado en el perchero de la entrada. Es curiosa. Revisa los bolsillos y descubre el celular. No puede evitarlo. Recorre los últimos mensajes de voz y escucha: “Susan… sí, hoy se lo digo… se terminó, ¡te lo juro! Tranquila, tengo los pasajes… ¡Te amo!”
            Mariana tira el celular y sube las escaleras. Supone que él  estará recogiendo sus cosas. En el rellano patea un bolso.
            Salgo de mi escondite. La sigo. Él yace destrozado sobre la cama.
            Soy un rottweiler. No permito que a mi dueña la abandonen.





             

viernes, 3 de julio de 2015

FUERA DE PROGRAMA

Para todos un cuento más de mi libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR. Gracias por leerlo.

FUERA DE PROGRAMA
            Era sin duda una pianista magistral. Sus pequeños dedos se posaron en el instrumento por primera vez a los cuatro años y ya nunca se separaron. Los mejores profesores de su Irlanda natal protagonizaban contiendas para ser elegidos como tutores. Era tal su prestigio que pagaban para enseñarle; mejor dicho, perfeccionarla.
            Los padres de Molly eran gente sencilla que no entendía nada de música y que, por esas cosas de la vida, habían guardado como una reliquia el piano de la abuela. Estaba ubicado en la estancia principal de la modesta casa: casi en la penumbra, bajo una luz indecisa que penetraba por la ventana a través de un cortinado de voile.
            La oscuridad era su aliada porque Molly sufría de progeria, envejecimiento prematuro, y contra todo pronóstico, había sobrepasado los treinta años: tenía rostro arrugado, el mentón retraído, los ojos saltones y la nariz en forma de pico, había comenzado a caérsele el cabello y estaba perdiendo las pestañas y las cejas;  de baja estatura, tenía una cabeza grande para el tamaño del cuerpo, el torso estrecho, el abdomen un poco abultado, la piel seca y delgada. Sufría de artritis pero sus manos, su tesoro y el tesoro de todos los que la escuchaban, eran largas, estilizadas y hermosas. Distaba mucho de ser agradable. Sin embargo, escucharla era entrar en un éxtasis de sonidos.
            En medio del derrumbamiento físico generalizado en que se resumía la vejez, su virtuosismo era testimonio dolorosamente irrecusable de la persistencia del carácter y de la voluntad. Permanecía aislada, preservándose de las críticas o cuchicheos. Incluso las salas de concierto donde ejecutaba, se mantenían en sombras. Sólo un foco cenital alumbraba el teclado y sus manos. La orquesta debía acostumbrarse a acompañar como si fuera un conjunto de ciegos.

            Carnegie Hall, 23 de Diciembre de 2010. El programa anuncia las tres obras consideradas particularmente más difíciles: Los trece Poemas sinfónicos de Liszt,  el Concierto para piano y orquesta Nº 2 de Prokofiev, para finalizar con Gaspar de la Nuit de Ravel.
            Sala llena, gente parada en Paraíso. Apabullados y en arrobamiento más de quinientas personas siguen las manos de Molly sintiendo que se encuentran en una especie de Edén. Todos saben, pero nadie comenta. Los aplausos se mantienen durante más de media hora al finalizar las obras de Liszt. Molly sale y se cambia el vestido mojado por la transpiración. Prokofiev le otorga casi cuarenta y cinco minutos de ovación. Ataca  "Ondine" y "Le Gibet" de Ravel, con energía y dulzura y, antes de comenzar "Scarbo", se escuchan repentinos silencios como espacios huecos. La partitura se deshace como un collar de perlas roto.
            Todo el mundo, intolerante, comienza a murmurar. La música es reemplazada por el ruido de voces, algunos zapateos impacientes, el sonido extraño de las ropas al rozarse, las palmas de fastidio.
            Nadie percibió en la oscuridad las lágrimas que brotaron de los ojos de Molly, la grande. Nadie pudo escuchar la queja suave que partió de su corazón, mientras iba desplomándose sobre su único amigo, el piano.




jueves, 25 de junio de 2015

AL FIN Y AL CABO SOLAMENTE UN HOMBRE

Para todos, otro cuento de mi último libro "ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR"

AL FIN Y AL CABO, SOLAMENTE UN HOMBRE
Ella desliza con facilidad el anillo con la piedra negra que su padre llevó durante sesenta años. La alianza de oro hacía tiempo había sido desechada.
Lleva horas observándolo. Fijamente, hipnotizada. Intenta descubrir un leve movimiento facial, quizás una ceja que se levanta o ese ir y venir lateral de los ojos bajo los párpados cerrados: algo que pueda revelar un sueño. Pero nada. Los brazos de ese hombre descansan extendidos sobre la manta a los costados de un cuerpo oculto que ella imagina bien.
Su quietud le resulta exasperante.
En las tres semanas que pasó en la clínica geriátrica, sentada incómoda en una silla dura, él ha perdido mucho peso, sus huesos tienen mayor volumen bajo esa piel marmórea, traslúcida y floja.
Las horas pasan lentas y lánguidas.
Ese ser no parece el que le diera la vida y al que conoció durante cuarenta años: enérgico, agudo, austero, sofista obsesivo, violento. Permanece en coma profundo desde que lo trajo del hospital, y le resulta un extraño.
La enfermedad, simplemente ocurrió.
Ella trata de recordarlo vivo, aunque aún no ha muerto. Pero le es difícil: un cuerpo amortajado por la ropa de cama, dos brazos inmóviles, una cabeza conectada a un respirador artificial que retrasa su muerte con un gemido neumático; el aparato de líneas en movimiento, con ondas y picos débiles, marca el lento ritmo del corazón con un  pip acompasado de fondo; el parante de hierro sostiene las vías de hidratación y morfina con su goteo interminable, y una bolsa que recoge las deyecciones, sobresale al otro costado.
Este ser humano casi artificial no es su padre.
El hombre que fue, ahora descarnado e inerme, le había hecho prometer que antes de que le tuviesen que cambiar pañales, por favor, lo matara como sea.   La hija mira en el balconcito de la habitación, tras la ventana, el rosal que trajo de la casa y que resiste las primeras heladas.
Una historia se va diluyendo.          
Él padre había sido su ídolo y su peor pesadilla. Le enseñó todo: lo bueno y lo malo. Y la formó rebelde, ambivalente, partida entre dos mundos –el de la madre y el del padre- que sólo se unían para chocar. Recordó también alguna que otra demostración de orgullo sin importancia frente a las tantas humillaciones cotidianas.           
Lleva tres meses de un cáncer agudo y terminal de huesos. Típico de alcohólicos, dijo la oncóloga. Y eso le produjo  alivio: ella no es la culpable a pesar de todo el rencor acumulado. “Maltrató tanto a mi madre que ella también enfermó de cáncer por no haber encontrado otra salida; cincuenta y tres años: tan joven para morir”, piensa.
Mientras, comienza a llover. Y llueve como si fuese un día cualquiera. “La naturaleza no entiende de emociones”.
Se debate entre desconectar el respirador o aumentar el suministro de morfina. Él se lo había pedido, sí. Pero también se lo merece: marcó su vida para siempre aquella noche, cuando a los trece años, ese cuerpo ya indefenso, se tiró sobre ella y le silenció la boca rompiendo su inocencia.
Un trueno la trae del pasado.
Lo había odiado y lo había amado intensamente. Ahora es una cáscara a merced de médicos, enfermeras, mucamas. Y a merced de ella.
Se asoma al pasillo y ve que el box de enfermería está desierto. Regresa junto a la cama. ¡Te quiero, papá! y, decidida, su mano trémula desconecta el respirador tan solo un instante, el suficiente como para registrar que el soplo de los pulmones, casi imperceptible, desaparece. Le besa la frente y murmura: Te perdono y adiós.
Ya no hay latidos en su cuello. Vuelve a conectar el respirador y se sienta a llorar. Minutos después, pulsa el timbre de enfermería.
Una biografía ha terminado. Cubrirán el rostro y una tarjeta con su nombre colgará de un dedo del pie. Después la morgue y lo antes posible, cenizas.  

            

viernes, 12 de junio de 2015

DOS LOCOS LINDOS

DOS LOCOS LINDOS
Mi tío Julio era “un loco lindo”, ¿vio? Yo quería parecerme a él cuando fuera grande. Mire la foto que nos sacaron una vez a los dos, él con 40, yo de 15… ¿No parecemos hermanos? Resulta que la familia conocía cosas de las que no se hablaba, y estaban de acuerdo en que loco era, pero no lindo, más bien peligroso. Para mí fue una especie de justiciero. Decían que había estado en un loquero por un tiempo para evitar la cárcel. Por cuestiones de burros. Quisieron matarlo y él se defendió clavándole, a un flaco, un puñal en el hígado. Sentenciaron: locura, y así zafó ¿vio? Para mí era un tipazo; vagabundo, sin ataduras, de buen humor; ¡déle plata y regalos para los chicos de la familia! ¡Nunca lo vi encerrado! Un día fuimos a visitarlo  a su casa; tenía una pared llena de armas de todo tipo: escopetas, revólveres, arcos y flechas, jabalinas, rifles, dagas, cerbatanas. Lo que se le ocurra. Todo traído de sus viajes como explorador y buscador de oro ¿vio? Y nos contaba historias en las que él salía bien parado y los demás, muertos. Otras historias, si las había, se las guardaba bien guardadas.
Yo también me llamo Julio. (Y ya que me preguntó, estoy en el Borda por equivocación). La familia dice que soy lindo como él, por eso antes de que me metieran acá, hace dos años, me gastaban: ¡Andá… loco lindo! A mí no me hace ni fu ni fa, ¿vio? Al contrario.
Las cosas de que se acuerda uno, ¿no? Cuando el tío murió, ¿sabe que lo mató un colectivo que cruzó en rojo?… ¡qué absurdo! en el diario salió que el explorador de la selva había caído en una esquina del Bajo Flores. ¡Una cargada! Como le decía, cuando el tío murió, yo me encargué de las armas. Deshacete de todo, dijo mi vieja. Pero yo me acordaba de cada aventura y se me estrujaba el corazón, ¿vio?
Todos los que él había mandado al otro mundo: los indios del Amazonas, los watusi del África, los jíbaros del Ecuador, el pirata de las Antillas, los dos bandoleros de Turquía, el mafioso siciliano, todos, aparecieron en mi casa a reclamar. Y yo no tuve más remedio que devolverlos uno a uno, matándolos otra vez… ¿Cómo se les ocurría? Mi tío era hombre de una sola palabra, un solo tiro, un solo navajazo ¿vio? ¡Qué ídolo!
Cuando él vuelva, porque yo sé que va a volver, me va a sacar de acá. Anduve matando colectiveros, sí. Y al que lo arrolló, también. Tenía que hacer justicia. Por eso me dicen El Zorro. Escúcheme bien. Estoy en el Borda por equivocación. Para mí, yo tendría que estar en la cárcel, ¿no le parece, don Robin Hood?
           

 del libro: ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

jueves, 4 de junio de 2015

PASEANDERAS

DE : ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

 PASEANDERAS
              Desde hace años, ELLA acostumbra sacar a Boopi, su perrita, a la mañana y a la tarde. Boopi fue pisada hace un años por una bicicleta, -mejor dicho por un ciclista-, y quedó paralítica de las patitas traseras. Por eso su ama es la única que camina: la perra va cómodamente sentada en un cochecito de bebé. Son las siete de la tarde. ELLA recorre la playa muy junto al agua, despaciosamente, con pasos a veces cortos, a veces largos. Pero siempre lento y descalza. Le gusta concentrarse en lo que hace: apoya primero el borde posterior del talón, luego el borde exterior del pie; enseguida la almohadilla del metatarso, y por último los dedos, mientras el resto del pie ya está en el aire. Después presta atención al otro. Le contaron que a eso se llama meditación activa. De verdad resulta interesante y por alguna suerte de mimetismo, su perra lhasa permanece quieta admirando el mar. En ese instante atemporal para ELLA sólo existen las manos que toman el carro, sus pies, la arena húmeda, el viento en el rostro, y por el rabillo del ojo la luminosidad del agua y el tostado de la espuma acercándose, cuando empieza a atardecer.
Mira el reloj de oro que le cuelga del cuello, único recuerdo de su madre, y pregunta: ¿Caminamos un poco más? ¡El atardecer es tan lindo! Una mirada de mudo asentimiento de Boopi y decide caminar otros 30 minutos. Ya recorrió dos veces los cien metros que separan ambos muelles. Siente el pecho abierto y libre, la cabeza y los hombros relajados y un bienestar absoluto que le recuerda que en ese momento es feliz. Sin embargo, sus huellas son más profundas que las de días atrás y empujar el cochecito le implica gran esfuerzo. La arena está revuelta por el tormentón de anoche y, aunque no le gusta admitirlo, ELLA se agregó uno o dos kilos después de la fiesta de Nochebuena. Todo esto le hace pesado y menos libre el andar. Intrigada, observa que casi no puede empujar a Boopi, porque las ruedas, casi enterradas no rotan, tiene arena húmeda en las pantorrillas…y descubre desconcertada que cada vez se hunde más y más.
             A la madrugada siguiente, extrañado por unas huellas que el mar aún no borró, el joven buscador de oro verá cómo el aparato detector de metales se clava de repente justo ahí.
              El reloj de oro pasará a ser propiedad de otra familia como trofeo secreto e insólito, y de ELLA y de Boopi no se va a saber nunca nada más. Sus amigas comentarán que es como si se las hubiera tragado la tierra.


miércoles, 27 de mayo de 2015

PABELLÓN DE LA MUERTE: un nuevo cuento de Esa Obstinada costumbre de morir

PABELLÓN DE LA MUERTE
6 de Agosto de 1890. Prisión de Auburn, New York, Estados Unidos.
Acaba de terminar su comida, la última. Pidió costillas de cordero con puré de batatas. Dos botellas de cerveza y un puro. No hubo problemas: todo exquisito. El cura parecía muy ansioso de conversar. No obstante, lo dejó con las ganas; no tiene nada que ver con él y sus creencias.
Son las ocho de la noche y le parece que una siesta de una hora le hará bien.
Más tarde, cree que es tiempo de pensar en todo lo que no hizo durante siete años en prisión. Quizás le encuentre sentido a su vida, ese sentido que nunca se le manifestó.
Imagina qué  habría hecho de no haber matado al hombre. Tal vez conocer una mujer y tener algún hijo, terminar sus estudios, comprar una casa con jardín, tener perros, viajar a Louisiana y conocer el lugar donde nacieron sus padres. ¡Tantas cosas podría haber logrado en esos siete años! reflexiona.
Él no había querido asesinar a ese viejo. Había entrado en la vivienda a robar, nada más. Pero su víctima, ex policía,  sacó un arma y él no tuvo más remedio que usar la suya. Nunca había disparado. No había tenido necesidad. Pero la falta de trabajo y el hambre, lo llevaron de las aulas a la calle y ya estaba cansado de mendigar. Se asustó. Sabía que iría a la cárcel si lo descubrían y en la oscuridad bajó al sótano y encontró un hacha. Desesperado, descuartizó al muerto y lo metió en bolsas de residuos. Con su ropa ensangrentada,  cargó los sacos en el coche del viejo y lo empujó al río Mohawk hasta que desapareció bajo el agua. No imaginó que la suave corriente lo arrastraría a la costa dos días después. Tampoco, que había un testigo: una viejita de anteojos que observaba tras las cortinas desde la casa de enfrente. Él no la había visto. De otra manera también hubiese tenido que matarla.
El gran evento tendrá lugar a las cero horas un minuto, ni un segundo antes, ni un segundo después.
Cintas oscuras como retazos de mortaja negra lo van rodeando. Sabe que las recorren finos hilos metálicos. El sillón de madera es grande, más parecido a un  regio trono que a un asiento mortal.
Rodeado de cinco personas se siente atendido como si fuera un niño pequeño. ¿Cuándo lo habían tocado con tanta dedicación? Ni siquiera al recibir el puntazo en el patio de la prisión por resistirse a formar parte de una de las camarillas. La verdad es que no comprende por qué son tan delicados para amarrarlo con esas tiras. Que no deseen lastimarlo antes de que la corriente eléctrica circule a través de su cuerpo es irónico. A final, el cuidado que jamás le habían dado sus padres ni tampoco los adoptivos, lo recibe de sus verdugos.
Diecisiete pasos desde la celda por el camino final, sus muñecas y sus tobillos encadenados. Muy a su pesar, el cura fue leyéndole los Salmos. Caminaba sereno. Sabía que era culpable. No obstante ahora, sentado en la silla, una débil esperanza lo mantiene atento al aviso de indulto que puede salvarlo.


El mensaje no llegó. Al minuto después de la medianoche, el verdugo bajó la palanca y la silla eléctrica funcionó por primera vez en la historia. Su nombre pasaría a la posteridad: William Kemmler, un blanco. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

El ser humano y el gobierno

EL SER HUMANO Y EL GOBIERNO Por: David Gómez Salas

Originalmente el ser humano se organizó en grupos, integrando tribus, para defenderse de los peligros que representaban los animales salvajes, y para protegerse y auxiliarse ante fenómenos naturales como tormentas, inundaciones, terremotos y periodos de sequías. Para evitar desastres y calamidades por estos fenómenos. Por siglos, el ser humano se fue organizando para formar mejores estructuras sociales, primero para sobrevivir y satisfacer las necesidades básicas de alimentación, vivienda, vestido. En otras palabras comer, y protegerse del clima y los animales.

El crecimiento de los centros de población, el comercio y el desarrollo industrial obligó a que los seres humanos establecieran formas de gobierno que dieran mayor seguridad a la propiedad privada y que permitieran proteger y conservar los bienes públicos; asimismo para alcanzar mayores niveles de educación, cuidado de la salud, cultura, diversión, deporte, desarrollo científico y tecnológico, etc.

 La sociedad se organizó bajo diferentes esquemas de gobierno.  Algunos sistemas dieron más importancia al bienestar colectivo y otros a las libertades individuales; pero siempre la sociedad ha buscado organizarse para alcanzar mayores niveles de bienestar. Sin embargo, la ambición del hombre en el poder ha llevado en muchas ocasiones a intentar crear sistemas de gobierno dictatoriales, para mantener sus privilegios toda la vida, e incluso para heredarlos. Lo malo es que lo ha logrado varias veces. Esto se ha observado históricamente en jefes de tribus, monarquías, gobernantes golpistas, líderes religiosos, líderes obreros, partidos políticos, caciques, sistemas parlamentarios, empresarios, banqueros, familias políticas, grupos delictivos, etc.

La población mundial creció en medio de la ambición de los gobernantes, que llevaron a crear pugnas entre regiones, países, entidades, condados, etc.

La lucha por poseer los recursos naturales, tales como: las mejores tierras para la agricultura, zonas forestales, ríos y acuíferos, esteros y mares ricos en fauna y flora, yacimientos de petróleo y minerales (oro, plata, cobre, uranio), esta lucha se ha dado en todos los niveles: mundial, nacional, estatal, municipal, ejidal, colonia urbana, etc.

Proteger al ser humano ante los fenómenos naturales como sequías, tormentas, inundaciones, terremotos, pasó a segundo término. Los gobiernos históricamente invirtieron (e invierten) en guerras y reparación de daños de estas, cuando son potencias guerreras y económicas; en mantener cuerpos represivos para mantenerse en el poder, cuando son países pobres; y la mayoría de países (pobres y ricos), en favorecer a los grupos de poder.

Poco se ha avanzado en el almacenamiento de agua para mitigar las sequías; tampoco se ha avanzado en el control de las avenidas (corrientes) de los ríos, en el control de inundaciones, y en promover que los centros de población se ubiquen en zonas con menores riesgos de desastres por fenómenos naturales; a pesar de ser problemas que se conocen históricamente. Por lo que desafortunadamente seguirán presentándose en los medios de comunicación, noticias sobre estos desastres.

La Enciclopedia Sopena dice lo siguiente: Gobernar- Guiar, dirigir, regir, conducir, administrar, brindar servicios públicos, mandar. Gobernante- El que gobierna, el que se mete a mangonear, dirigir o gobernar algo. El subcomandante Marcos dice: Gobernar es mandar obedeciendo, y el gobernado obedece mandando. Bajo este romántico punto de vista, el gobernante, debe mandar obedeciendo a los ciudadanos a quienes pretende servir, y reconocer que ciudadanos y gobierno pertenecen al mismo grupo social, que se ha organizado temporalmente de cierta manera.

Actualmente los ciudadanos no cuentan con los medios legales para participar activamente en la definición de las normas de gobierno y en la vigilancia de su cumplimiento, hacen falta instrumentos legales como el Referéndum, procedimiento por el que se somete al voto popular la aprobación de leyes o actos administrativos. Sin embargo, existe un marco legal que, aún cuando debe perfeccionarse, representa garantía de respeto a los derechos ciudadanos. Hay que apegarse al marco legal, y así crecerá la cultura de confianza en la legalidad. El bienestar colectivo y los derechos individuales, estarán sobre la ambición personal, el autoritarismo y el influyentismo.

En una ocasión, un ciudadano de experiencia decía que para ocupar el  cargo de administrador de un condominio comercial, gerente de una empresa ó líder de un gremio, debíamos seleccionar a una persona con relaciones en el gobierno; con palancas, resaltaba. No pude, ni puedo compartir su punto de vista. Yo apuesto por la preparación académica, por la dedicación, por el esfuerzo, por la legalidad, por la tecnología, por la creatividad; pero sobre todo como decía un maestro, “Por el deseo de ser”, pues para ser buen medico hay que desear serlo y eso significa comprometerse a sanar al enfermo.

martes, 19 de mayo de 2015

BREBAJE de ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

BREBAJE
            Nunca, pero nunca nunca me gustaron las plantas y mucho menos las flores. Más aún, las detesto. Soy un hombre de oscuridad, nocturno, aborrezco todo lo que se interpone en mi camino.
            Madre tenía un jardín. Y lo cuidaba más de lo que me cuidaba a mí, eso decía mi padre. Los colores la obsesionaban. Cuando una flor se marchitaba o si veía un limón aplastado a los pies del árbol le caían lagrimones. Lloraba todos los días y prácticamente todo el día. A la mañana me servía el desayuno en el comedor pero al bajar a tomarlo, ella ya estaba en el dichoso jardín. Para mí, el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena se servían solos. Madre nunca estaba conmigo. Jamás me preguntó sobre mis tareas, las maestras, mis compañeros o el colegio. No le interesaba. Aprendí a cuidarme solo cuando papá murió intoxicado por un té de Hierba Luisa. Estuvo un tiempo detenida por homicidio no premeditado, pero al regresar, siguió con el jardín, regándolo con sus lágrimas y pidiéndoles perdón a las malditas plantas por haberlas abandonado. Levantó una lápida y enterró las flores marchitas, los macizos marrones y una rama partida. Hasta que no terminó de arreglar todo no entró a la casa. Creo que fueron casi diez días. Eso sí, al entierro de mi padre no fue.
            Desde entonces, una alergia latente no me dejó en paz: me subía la fiebre, estornudaba y casi no podía respirar. Madre intentaba darme una de sus mezclas de hojas, pero yo no accedía, por si acaso. Iba a lo de la vecina y, metido en su cama, me cuidaba hasta sentirme mejor. Madre nunca se enteró. Ella y sus plantas. Ella y sus flores. Ella y sus árboles.
            Yo creo que estaba loca, qué quieren que les diga. Hablaba con los arbustos como si fuesen personas; todo delicadeza, todo caricias, todo mimos con las flores. Yo ni salía al jardín porque me asfixiaba. Sentía odio, de verdad.
            No la tuve que internar, por suerte. Se descuidó con el veneno del estramonio que preparé con las flores blancas tan letales. Pobre. Ella no hubiese querido que la separasen de sus plantas. La sepulté debajo de la Santa Rita. Juro que me costó. Lo hice casi con los ojos cerrados, porque los colores me ciegan.

            Sí. No puedo mentirles: nunca, pero nunca nunca me gustaron las plantas y mucho menos las flores. Más aún, las detesto. Por favor, si alguien se acuerda de mí, no me las traigan al cementerio. Cada vez que ponen una me revuelco en la tumba. 

Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos