EL ÁRBOL DEL OLVIDO
“En mis pagos hay un árbol…
/ que del olvido se llama… /
donde van a despenarse,
vidalitay… / los moribundos del alma”.
Era “La Canción del árbol del olvido” de Alberto Ginastera, y el árbol existía
en Potrerillos, Mendoza. Era conocido por todos los lugareños y cuando yo
comenté que quería ir a visitarlo, mis padres dijeron que debía tener mucho
cuidado porque una vez ahí, todas las penas se olvidaban y nunca más tendrían
dueño.
No fui en ese entonces. Pasó mucho
tiempo antes de que pudiera encarnar el valor necesario para tamaña empresa.
Recordaba siempre esa palabra, únicamente esa: “cuidado”.
Con los años, me hice mujer, me casé,
tuve un hijo, me divorcié, infinitas veces me hirieron y herí. Me levanté una y
otra vez, lloré, reí, me aparté del mundo, regresé.
Cuando ya estaba convencida de que
había aprendido lo suficiente de la vida, corrí el riesgo y tomé el tren. Luego
un micro. Y allí, a la vera de aquel riacho de montaña bañado por el sol,
encontré el árbol. Cansada de tanto vivir dormité apoyada en él. Al despertar
por el frío anochecer de los cerros, recordé sólo lo bueno transitado desde la
infancia.
Volví impaciente a la ciudad, inocente
a los cincuenta y feliz como una niña.
Después, poco a poco e
inevitablemente, caí en los mismos errores que había cometido antes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario. Lidia