LA CLARABOYA
La falda
volvió a volar en torno de la cabeza muerta: “¡Celestina, Celestina!”, y un
fierro golpeaba con ritmo de saltar la cuerda.
Grité
aterrorizada: pero nadie vino. Mi tía seguía durmiendo la siesta; mi pelo rubio
se volvía colorado y las manchas espesas de sangre que caían de la claraboya
rota, se derramaban por mi cara.
Volví
a ahogarme en un grito. No sabía qué hacer con el miedo. Miré hacia arriba: los
vidrios cuadriculados se veían transparentes, limpios. ¿Qué estaba ocurriendo?
Corrí al baño y el espejo me devolvió una cara sólo pegajosa de lágrimas. La sangre
había desaparecido, como la pollera, los zapatos, los piecitos.
Una
hora después, la tía despertó. Los vecinos
murmuraban que una niña que saltaba a la soga, tropezó y cayó sobre el
vidrio verde de la claraboya; mientras la pianola repetía una y otra vez la
misma nota, botines (decían que endemoniados) se arrodillaron y un trozo de
vidrio partió de la mano de la niña a la cabeza que lanzaba gritos
amenazadores.
Nada
era seguro: hacía más de treinta años que la casa misteriosa estaba
deshabitaba. Pero yo guardé el caramelo de Celestina que esa tarde cayó sobre
mi hombro.
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Gracias por tu comentario. Lidia