Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



martes, 5 de enero de 2016

MORIR CON GANAS otro cuento de mi libro Esa Obstinada Costumbre de Morir


            —¿Otra vez a bailar? Si saliste anoche…
            —¡Ufa! Me hartás con preguntas. ¡¡No me persigas, má!!
            —Pero tenés que estudiar, ir a pasear con amigas, a Palermo, al cine… lo que hace una chica de tu edad, Sisí. Estamos preocupados.
            —Déjense de pavadas. Las chicas del cole son aburridas, el pasto está lleno de hormigas y el cine no me gusta.
            —Pero…
            —Basta de peros. Tengo dieciséis. ¡No sé de qué se quejan! Si soy la única que no traigo problemas.
            —Dije que estamos preocupados, no que nos quejamos. Sábado y domingo te la pasás durmiendo todo el día. Si andás de novia, decílo de una vez…
            —¡Y dale con eso! No me interesa tener novio. Chau, má. Pico algo y me voy. Beso.
            Y Sisí se fue después de comer algo liviano. Había aprendido a bailar tango, salsa, danzas folclóricas, merengue, jazz, hip-hop y rap. Además se anotaba en las clases de bailes típicos. En esa familia tan poco comunicativa nadie estaba al tanto.
Ya hacía dos años que llevaba una existencia movida, y todo en ella revelaba un aire de satisfacción.
Por Internet se enteró de un Torneo que se iba a llevar a cabo en Rosario: bailarían todos los ritmos al estilo de los años 60’, desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche de un sábado, y aquel que no abandonara resultaría ganador o ganadora: medalla, diploma y 300 pesos.
En su casa dijo que iría a un picnic en una quinta, y por eso debía salir muy temprano; en realidad iba a tomar el micro de las 5.30 en Retiro, pero de esto no se sabría una palabra. y se miraron aliviados. Al fin saldría con chicos de su edad.
Sisí volvió a las 2 de la madrugada, cansada pero con sus premios en la mochila. Nadie había podido seguirla y terminó sola en la pista de baile, con una danza del vientre en jeans y remera de Eminem. Escondió todo en una caja de cartón y le puso una etiqueta: SUPERPRIVADO. Al día siguiente, empezó una dieta estricta de proteínas, cereales, nada de grasas y muchas frutas y verduras. No le gustaba el alcohol y en los concursos le permitían tomar agua pero sin detenerse, como en las carreras pedestres. Bebía lo menos posible para no tener que ir al baño: sólo podía dejar la pista 10 minutos cada 6 horas. Esta vez pesaba tres kilos menos.
Cuando cumplió los dieciocho, empezó a trabajar de secretaria en un consultorio, martes y jueves todo el día, para hacer ver que se ganaba su dinero como dios  manda; estudiaba programación y sistemas los miércoles, y de viernes a lunes inclusive, sus piernas no paraban un minuto. Tampoco estaba quieta en el escritorio ni en la computadora: se sentía partida en dos: de la cintura para abajo era Sisí la bailarina y sus pies no dejaban de moverse al ritmo de su Mp3; de la cintura para arriba Sisí, una chica como cualquiera.
Ni ella misma sabía bien cómo, pero había logrado impulsar la realización de torneos en varios lugares del país, todos con la particularidad de ser maratones de resistencia. De “aguante” los llamaban. Se tenía mucha confianza. Ella, que siempre se había aburrido, que no había descubierto una vocación, que no compartía intereses. Ella, que había sido siempre una inigualable solitaria, ahora, fuera adonde fuese, era siempre la última en dejar la pista con su medalla colgada al cuello, el diploma enrollado como si terminara un doctorado, y el sobre, el bendito sobre con la plata, tan apreciado por su madre si lo hubiera sabido.
Sisí no tenía pareja fija en los concursos, ni le interesaba. Cuando el de turno, según el orden de inscripción, abandonaba, ella seguía girando hasta que otra mano masculina cualquiera tomaba la suya o rodeaba su cintura. Nunca miró a los ojos a su compañero casual, y por eso jamás competía en torneos por parejas. No quería saber nombres, ni procedencias. No tenía tiempo para eso.  Su mente no pensaba en nada que no fuera el presente presente de las sensaciones en brazos y piernas, los movimientos relajados, la cabeza llevada sin tensión por un torso lleno de vitalidad. El propio.
Ya tenía una caja para cada cosa: SUPERPRIVADO I (medallas) SUPERPRIVADO II (diplomas) SUPERPRIVADO III (dinero). Todavía no se animaba a colgar lo colgable en las paredes. Ni siquiera su hermana, conocía el secreto. Tampoco se le había ocurrido abrir una cuenta de ahorro, y 14.000 pesos eran, lo sabía, mucha plata para tener en una caja de cartón en la casa, con dibujitos de mariposas verdes.
En las vacaciones habituales de febrero del año siguiente, avisó que viajaría al Uruguay con unas amigas. Falso de toda falsedad, pensaba, pero no le generó ningún problema de conciencia. Iría a una Maratónica de cuatro días de salsa y hip-hop en Montevideo. Se sentía preparada y ganadora antes de poner en el bolso las zapatillas rojas que ya se habían convertido en amuleto. Era el concurso más largo en que interviniera hasta el momento. Ya era muy conocida en el ambiente. “Sisí, La emperatriz del baile”, le decían. No obstante, en tres años no se había hecho nunca de una amiga o un amigo. Eso no es para mí, reflexionaba, muy poco pero lo hacía; no me interesa tener amistades… sólo bailar. No soy una persona. Soy movimiento.
Y triunfó. Pero ahora no contaba con el hecho de que el tema de los concursos de resistencia se había convertido en novedad para los noticieros. Cuando sus padres se acercaron al aparato de televisión no daban crédito a lo que veían sus ojos en la pantalla. Cambiaban de Crónica TV a Canal 9 Noticias, y de ahí a TN. Atónitos, veían cómo, inclusive periodistas extranjeros, trataban inútilmente de entrevistar a Sisí. El teléfono no dejaba de sonar en esa casa en la que el silencio predominaba porque a los padres no les gustaba la música, y la hermana era resentidamente paralítica. Todos querían saber cómo, desde cuándo, por qué, y ellos permanecían boquiabiertos. No podían contar lo que no sabían. Para ellos, Sisí era una desconocida.
Antes de que volviera, desesperados, se metieron en su cuarto, revolvieron, desarmaron, encontraron. ¿Cómo una chica de poco mas de veinte años, tenía 25.000 pesos, 35 medallas y otros tantos certificados y ellos nunca se habían enterado?
Cuando Sisí entró, el padre le pegó una bofetada: no la conmovió. Su madre lloraba y entre moco y moco decía:
—No sé quién sos, Sisí… ¿qué es todo esto?— mientras señalaba los tesoros encontrados.
— ¿Por qué se metieron en mi vida?
— ¿Qué es esto…qué es?
— ¿Hice algo malo? Me gané la plata en buena ley.
—Pero, ¿para qué, Sisí?
—Porque sí. El dinero no me importa, la gente no me importa, la ropa no me importa, la vida no me importa. Lo único que importa es resistir, permanecer, mantenerse, persistir, ser fuerte, aguantar…
Sisí no paró de bailar hasta los cuarenta. Cayó muerta una noche en la pista, exhausta tras diez días sin detenerse.

No conoció nunca el placer de una charla con amigas, un novio que la abrazara, una mascota durmiendo a los pies de su cama. No gastó un solo peso de lo ganado. Tampoco reconoció ni una sola vez la cara del compañero que se movía a su ritmo.







No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario. Lidia

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos