Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



viernes, 29 de enero de 2016

Y aquí va el último cuento de mi libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

MUERTE EN PARQUE CHAS
              Antes de que suene el reloj, despierto con una fuerte jaqueca, me duele todo el cuerpo y pasé una noche de horrendas pesadillas. Oscilante, salgo de la cama y voy al baño, me ducho y enfilo hacia la cocina. Todavía mareada, me preparo el desayuno. Son las ocho de la mañana y recién tengo sesión a las once. Para despejarme de los feos sueños decido hojear las noticias.
              Miro el piso junto a la puerta: el canillita todavía no pasó. El diario de ayer aún permanece sobre la mesa sin abrir. Después de pasarle manteca al pan, y, café con leche en mano, recorro las páginas: me ahogo al ver uno de los titulares principales. En un acceso de tos escupo la bebida y la tostada. Lo leo nuevamente, mis ojos desorbitados. “FUENTES POLICIALES REVELARON QUE LIDIA CASTRO ES EL NOMBRE DE LA MUJER ASESINADA”. Aclara muy poco más: que me habían encontrado sin vida dos días antes, a las doce del mediodía, en el pasaje Nápoles de Parque Chas; había sido terriblemente golpeada, ahorcada con una gruesa soga y rematada con un balazo en la cabeza. No se sabía si era un crimen pasional o un robo con ensañamiento. Recién hoy, aclaraba el diario, pudieron descubrir la identidad de la muerta de cincuenta años por el ADN; mis huellas dactilares habían sido limadas.  
            No entiendo lo que estoy leyendo. Es inverosímil. Alguien con mi nombre figura en los registros de ADN. Corro al baño y ahí estoy yo en el espejo: son mis ojos, mi boca, mi nariz, soy yo. Viva. No hay marcas en mi cuello ni agujero de bala en la cabeza. Algo anda mal. Muy mal. ¿Tendré una hermana gemela desconocida, con mi mismo nombre y mi ADN? Decido llamar a la policía de inmediato y aclarar este asunto.
           Marco el 911. Las manos me tiemblan sudorosas y mi corazón es un tren bala. Cómo hablaré en este estado, no lo sé. Espero. Mientras, inhalo y exhalo profundamente para serenarme. Al fin me contestan:
           —¿Cuál es su emergencia?
     —¡¡¡En el diario de ayer dice que estoy muerta!!!
     —Dígame su nombre señora, por favor.
     —Lidia Castro.
     —¿Está en peligro?
     —No sé, señorita. En el diario dice que me mataron de un balazo.
     —Déme más información. ¿Qué diario leyó y cuándo?
     —En el diario Crónica de ayer.
     —¿Ud está en algún tipo de tratamiento?
           —Sí, pero ¿qué tiene que ver eso? Debe haber un error; dice que la policía ya descubrió de quien era el cadáver de Parque Chas y pusieron mi nombre. ¿Qué tengo que hacer? Estoy muy nerviosa.
     —Debe ser otra persona.
     —¡Pero es mi nombre y la calle donde yo vivo! ¡Si me mudé hace una semana!
           —Deme su DNI para confirmar; el teléfono ya lo tengo. Enseguida la llamo.
           Pasan dos horas. La angustia me retuerce el estómago y me bloquea la garganta. No consigo detener los pensamientos ni tampoco estar sentada: camino como loca por el departamento.
           Ring. Ring.
     —Señora, ¿es usted Lidia Castro?
     —Sí, sí. ¿Averiguó?
           —Sí. Quédese tranquila. No tenemos ninguna denuncia o informe de hallazgo sobre un cuerpo en su barrio. Debe ser un malentendido.
           —Pero ¿cómo un malentendido? Mi nombre está en el diario; la gente que me conoce debe pensar que morí. ¡Esto es increíble!
           —Cálmese. Llamé también al diario y no tienen ningún dato. Pero dígame… ¿Nápoles a qué altura?
           Cuelgo furiosa. Releo la noticia. Es claro. Todo es muy claro. ¿Cómo van a  decir que no hay nada? Ni en mis peores momentos de alucinación llegué a imaginar esto.
     Me fijo en la primera página. ¡La fecha está mal!  Julio 31 de 2013.
     Hoy es 29. ¡Si ya compré los ñoquis! ¡Claro que ahora uno puede mandar a imprimir lo que sea! Pero esto no tiene nada de gracioso. ¿Quién me estará jugando una mala pasada? Seguro que es Pedro, ese imbécil. No se aguanta que lo haya abandonado y con el carácter violento que tiene quiere volverme loca. ¿Qué dijo cuando le devolví el anillo? “A mí nadie me deja y sigue viviendo”. Tengo que calmarme; estas cosas me sacan de eje, me provocan un acceso a la manía y yo, al psiquiátrico, otra vez no entro. Ya me visto, voy a sesión y después al diario. ¡Esto no va a quedar así!
     
           Lidia llama a la oficina y avisa que llegará tarde, toma su cartera y sale del departamento. Se da cuenta de que nadie camina por el Pasaje. Un coche permanece estacionado. Siente aprensión. Un hombre sale del automóvil y se acerca a ella; lo reconoce de inmediato. No tiene tiempo ni de gritar: la golpea con una gruesa soga en la espalda y las piernas hasta hacerla caer; pasa la horca alrededor de su cuello y aprieta fuerte. Ella se desmaya. Pedro saca un revolver 22 del bolsillo y se lo pone contra la nuca. Nadie escucha el disparo con silenciador. De sus dedos hace desaparecer cualquier vestigio de piel.











sábado, 23 de enero de 2016

MEMORIA CELULAR (del libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR)

MEMORIA CELULAR
Accidente, terapia intensiva, amnesia. Los eventos se encadenaron como grilletes de esclavos. Irrompible sucesión que la llevó al olvido. No tenía documentos; tal vez estaban en la cartera que alguien robó. El coche, incrustado en un paredón, a diez metros de distancia de su cuerpo ensangrentado junto a un árbol. Sin nombre, ni siquiera una historia que le dijera qué había hecho en su vida. Mientras la enfermera Lucy le tomaba el pulso cada seis horas, esta NN de unos treinta años, sonreía plácida.
    ¿Te acordás de algo?
    No, y siento que eso está bien. Muy bien. Pienso que no acordarme es mejor para mí y para todos. No me preguntés por qué; no sabría qué decirte.
Pasaron los días, las semanas y las heridas cerraron; Lucy le trajo ropa de su hija menor, decidió llevarla con ella cuando firmaron el alta y, de ahí en más, la enfermera se convirtió en madre sustituta. En esta nueva familia tenía una hermana menor, una mayor y también una abuela. Por alguna razón, que no hubiese hombres en la casa la tranquilizó. Intuía que se manejaba mejor con las mujeres.
— ¿Sabés, Lucía? Es como si me hubiesen lavado el cerebro, como renacer. Tengo una vida nueva.
Consiguió trabajo de niñera de dos varones tres veces por semana. Aprendía fácilmente. Soy amnésica pero no idiota. Se acordaba de cómo vestirse, cantar, usar el control remoto, pasear al perro de los chicos, cocinar, contar cuentos, jugar a las estatuas y al gallito ciego. Día a día iba agregando recuerdos a la lista.
Algo empezó a intranquilizarla: cada vez que entraba en la cocina, todo lo que tuviese filo le generaba un temblor inquietante; lo soltaba aprensiva y ocultaba la mano. Recién entonces sentía alivio.
Un sueño le reveló su nombre. Alguien, muchos, la llamaban Dolores. No se lo dijo a nadie. Para ella, Norma, el que le pusieron en el hospital hasta que recuperara su vida, estaba más que bien; era perfecto. Lo había aceptado porque era sinónimo de fuerza, control, estabilidad. Rechazó aquel sueño casi premonitorio
            Pero…
Una noche, mientras se desvestía frente al espejo, no se reconoció: vio un gesto rígido y una sonrisa irónica, sarcástica. De pronto se encontró en la cocina empuñando un cuchillo. Convertida en autómata que repite una acción programada, entró en cada cuarto y una a una tomó por sorpresa y mató a las cuatro mujeres dormidas. Todo fue rápido. Las manos pegajosas de Dolores iban dejando caminos de sangre y ninguna sobreviviente.
Cuando terminó, puso la pava para un té.  Sujetando todavía el cuchillo, miró su reflejo en el metal manchado de sangre y recobró la lucidez. Fue entonces que pensó: No se puede escapar de la propia historia escrita, quiérase o no, en cada neurona. Sólo con su propia muerte vendría el olvido total.
Nunca tomó el té.



viernes, 15 de enero de 2016

MANO DE OBRA DESOCUPADA de mi libro Esa Obstinada Costumbre de Morir

MANO DE OBRA DESOCUPADA
            El vidrio amarillo lechoso con detalles de burbujas lo asoma a un mundo extraño que no puede discernir. Bultos móviles, luces pasajeras, colores bizarros de objetos irreconocibles llegan a sus ojos irritados por el desamparo. Hace muchos días que lo mantienen en ese sótano, ignorante del porqué o el para qué. Este sucucho es un depósito; por el olor,  seguro guardaban gomas de autos. Ni una lamparita, ni un mueble, ni una canilla; sólo un vaso de lata. El piso de baldosas, está lejos de ser el colchón apacible y acogedor de su cama, ese que nunca valoró como hoy.
            Al principio creyó, ingenuo, en una confusión de víctimas, por eso no se preocupó de contar o marcar en la pared la oscuridad cíclica. Pronto lo liberarían. No sabe si ha pasado una semana o más. ¿Me estarán buscando? ¿Habrán puesto mi foto en los diarios? ¿Cuánto ofrecerán por información sobre mí? ¿ qué pedirán éstos?
Las primeras jornadas se desgañitó y pateó con fuerza la puerta hasta herirse los pies; la sangre que brotó de los dedos y los tobillos lastimados se coaguló y, adorno espeluznante, quedó sobre los moretones. De a poco la desesperanza le fue ganando; se dio cuenta de que no escuchaba ni ruido ni voces, salvo el deslizamiento por debajo de la puerta de una ración de polenta insulsa, arroz blanco y un pan sobre un cartón oscuro y repetido; con un plato de latón lleno de agua durante las horas de esa luz mortecina, se completaba todo su alimento.
Comienza a sentir el deterioro. Quiere cantar sus canciones preferidas, Tears in heaven de Clapton y Me gusta todo de ti de Serrat, pero le cuesta  recordar las letras; con el tiempo, hasta las melodías se le van entremezclando. Constipado por naturaleza, la dieta que le impone el secuestrador no ayuda. Su vientre tiene el peso de una bolsa de papas. El agua que tomó desesperado el primer y segundo día, se convierte en sorbos que aprende a administrar como náufrago. Duerme enroscado cuando no hay luz. Y a veces, mientras está comiendo, pierde la conciencia, la boca llena de arroz.
            Después de contar cientos de veces hasta mil, recordar el nombre de cuanta persona ha conocido en su vida, jugar decenas de enredadas partidas imaginarias de ajedrez, decide que hoy es su cumpleaños. Para cuando lo metieron en el coche con la venda en los ojos, sabía que sólo faltaban quince días para sus treinta. Tiene la barba y el pelo enmarañados de mugre. La familia y los amigos tenían pensado darle una sorpresa de la que por supuesto ya estaba enterado. ¿Estaba enterado? Le parece que no. No puede afirmar nada con certeza. Entonces resuelve que hoy es una fecha buena como cualquiera. Con la polenta de ayer, que no comió, hace bolitas y las pasa por el arroz como confites vegetarianos. Lanza una muda carcajada: a mi no me vengan con eso, se acuerda, nunca voy a pasar un día sin comer carne. Ironías de la vida que no permite cumplir los juramentos. No es mucho para pasar la década pero… con un vaso de agua hará el festejo antes de la oscuridad total. Es triste una fiesta en soledad rodeado de orina, pero ¡qué tanto… es mía! Todavía tiene algo suyo, además de la inmundicia y la ausencia de fe.
            En la habitación contigua alguien  está cantando el Feliz Cumpleaños. ¡Qué ironía!
No puede soportarlo. Su mente es humo blanco. Una imagen se le aparece con cierta nitidez: él metiendo una media en su boca y tragándola de a poco hasta que se le queda atorada y ya no puede respirar. Podría resultar.
¿Cómo puedo acabar con mi vida si no me dejaron ni el cinturón ni las medias? Además ¿qué podría hacer con eso? Mira su  miserable plato de festejo y llora. Por primera vez. Siente que está por claudicar. Se acuerda de que en un documental de Discovery ¿o era Natgeo? contaron cómo algunas personas se suicidan mordiéndose la lengua hasta desangrarse. Por ahí mañana. Sin embargo se requiere fuerza y coraje para hacerlo. Ahora sabe lo que es la desesperación del que no encuentra salida.
            Rodolfo, mi amigo… ¿o es mi primo? pensará que me tomé el avión con el que tanto bromeaba, y que ahora estoy en las playas de México, ¿o era Bermudas? Una playa era. La madre conoce sus ataques de rebeldía, no le extrañará que haya desaparecido para el cumpleaños. Nunca se olvida de aquellas ratas al colegio o de sus arranques de disconformidad con los jefes: ni siquiera se sentía obligado a renunciar, simplemente desaparecía de los empleos. Con Silvina se habían enojado el día anterior a que se lo llevaran. No, me parece que era Romina… bueno, cualquiera; como son las mujeres, ya estará apretando con otro. Se acuerda de sus sobrinos. Un nudo de angustia en el medio del pecho y un rayo de esperanza: saben que no me hubiese ido sin avisarles; deben haber preguntado. ¡Sáquenme de acá! ¡Por favor, chicos!
            Oye un aleteo de pájaros y el rechinar de sus propios dientes. Al fin algo que no es su pensamiento. Toca la pared y el moho, resbaladizo y frío, se le pega en las yemas de los dedos. Los pájaros intentan entrar por la única ventana de este sótano en el que lo encerraron. A trasluz, los ve grandes y oscuros, enloquecidos y desesperados como él. Estoy delirando, sí, es eso. Pero esto no lo tranquiliza. Por el contrario, lo sobrecoge un miedo cepo y se sofoca.
            Del otro lado se escucha Tears in Heaven; Clapton lo aterroriza.
            Los buitres consiguen romper el vidrio, le sube el espanto amargo y espeso hasta la garganta. ¡Son de verdad, son reales! Sabe que tiene los minutos contados. Nadie va a pagar rescate por un muerto.
            Detrás de la puerta hay un hombre, atento a cada ruido y movimiento proveniente del sótano cerrado. Expectante y gozoso. Sentado en un cómodo sillón, escucha ahora a Hugo del Carril, mientras se dice: Seguro pensaba que iba a pedir rescate. ¡Pobre iluso! Muerte a picotazos: otra nueva forma de matar que inventé..
Es todo su pasatiempo. No sabe hacer otra cosa desde los 70’.






















martes, 5 de enero de 2016

MORIR CON GANAS otro cuento de mi libro Esa Obstinada Costumbre de Morir


            —¿Otra vez a bailar? Si saliste anoche…
            —¡Ufa! Me hartás con preguntas. ¡¡No me persigas, má!!
            —Pero tenés que estudiar, ir a pasear con amigas, a Palermo, al cine… lo que hace una chica de tu edad, Sisí. Estamos preocupados.
            —Déjense de pavadas. Las chicas del cole son aburridas, el pasto está lleno de hormigas y el cine no me gusta.
            —Pero…
            —Basta de peros. Tengo dieciséis. ¡No sé de qué se quejan! Si soy la única que no traigo problemas.
            —Dije que estamos preocupados, no que nos quejamos. Sábado y domingo te la pasás durmiendo todo el día. Si andás de novia, decílo de una vez…
            —¡Y dale con eso! No me interesa tener novio. Chau, má. Pico algo y me voy. Beso.
            Y Sisí se fue después de comer algo liviano. Había aprendido a bailar tango, salsa, danzas folclóricas, merengue, jazz, hip-hop y rap. Además se anotaba en las clases de bailes típicos. En esa familia tan poco comunicativa nadie estaba al tanto.
Ya hacía dos años que llevaba una existencia movida, y todo en ella revelaba un aire de satisfacción.
Por Internet se enteró de un Torneo que se iba a llevar a cabo en Rosario: bailarían todos los ritmos al estilo de los años 60’, desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche de un sábado, y aquel que no abandonara resultaría ganador o ganadora: medalla, diploma y 300 pesos.
En su casa dijo que iría a un picnic en una quinta, y por eso debía salir muy temprano; en realidad iba a tomar el micro de las 5.30 en Retiro, pero de esto no se sabría una palabra. y se miraron aliviados. Al fin saldría con chicos de su edad.
Sisí volvió a las 2 de la madrugada, cansada pero con sus premios en la mochila. Nadie había podido seguirla y terminó sola en la pista de baile, con una danza del vientre en jeans y remera de Eminem. Escondió todo en una caja de cartón y le puso una etiqueta: SUPERPRIVADO. Al día siguiente, empezó una dieta estricta de proteínas, cereales, nada de grasas y muchas frutas y verduras. No le gustaba el alcohol y en los concursos le permitían tomar agua pero sin detenerse, como en las carreras pedestres. Bebía lo menos posible para no tener que ir al baño: sólo podía dejar la pista 10 minutos cada 6 horas. Esta vez pesaba tres kilos menos.
Cuando cumplió los dieciocho, empezó a trabajar de secretaria en un consultorio, martes y jueves todo el día, para hacer ver que se ganaba su dinero como dios  manda; estudiaba programación y sistemas los miércoles, y de viernes a lunes inclusive, sus piernas no paraban un minuto. Tampoco estaba quieta en el escritorio ni en la computadora: se sentía partida en dos: de la cintura para abajo era Sisí la bailarina y sus pies no dejaban de moverse al ritmo de su Mp3; de la cintura para arriba Sisí, una chica como cualquiera.
Ni ella misma sabía bien cómo, pero había logrado impulsar la realización de torneos en varios lugares del país, todos con la particularidad de ser maratones de resistencia. De “aguante” los llamaban. Se tenía mucha confianza. Ella, que siempre se había aburrido, que no había descubierto una vocación, que no compartía intereses. Ella, que había sido siempre una inigualable solitaria, ahora, fuera adonde fuese, era siempre la última en dejar la pista con su medalla colgada al cuello, el diploma enrollado como si terminara un doctorado, y el sobre, el bendito sobre con la plata, tan apreciado por su madre si lo hubiera sabido.
Sisí no tenía pareja fija en los concursos, ni le interesaba. Cuando el de turno, según el orden de inscripción, abandonaba, ella seguía girando hasta que otra mano masculina cualquiera tomaba la suya o rodeaba su cintura. Nunca miró a los ojos a su compañero casual, y por eso jamás competía en torneos por parejas. No quería saber nombres, ni procedencias. No tenía tiempo para eso.  Su mente no pensaba en nada que no fuera el presente presente de las sensaciones en brazos y piernas, los movimientos relajados, la cabeza llevada sin tensión por un torso lleno de vitalidad. El propio.
Ya tenía una caja para cada cosa: SUPERPRIVADO I (medallas) SUPERPRIVADO II (diplomas) SUPERPRIVADO III (dinero). Todavía no se animaba a colgar lo colgable en las paredes. Ni siquiera su hermana, conocía el secreto. Tampoco se le había ocurrido abrir una cuenta de ahorro, y 14.000 pesos eran, lo sabía, mucha plata para tener en una caja de cartón en la casa, con dibujitos de mariposas verdes.
En las vacaciones habituales de febrero del año siguiente, avisó que viajaría al Uruguay con unas amigas. Falso de toda falsedad, pensaba, pero no le generó ningún problema de conciencia. Iría a una Maratónica de cuatro días de salsa y hip-hop en Montevideo. Se sentía preparada y ganadora antes de poner en el bolso las zapatillas rojas que ya se habían convertido en amuleto. Era el concurso más largo en que interviniera hasta el momento. Ya era muy conocida en el ambiente. “Sisí, La emperatriz del baile”, le decían. No obstante, en tres años no se había hecho nunca de una amiga o un amigo. Eso no es para mí, reflexionaba, muy poco pero lo hacía; no me interesa tener amistades… sólo bailar. No soy una persona. Soy movimiento.
Y triunfó. Pero ahora no contaba con el hecho de que el tema de los concursos de resistencia se había convertido en novedad para los noticieros. Cuando sus padres se acercaron al aparato de televisión no daban crédito a lo que veían sus ojos en la pantalla. Cambiaban de Crónica TV a Canal 9 Noticias, y de ahí a TN. Atónitos, veían cómo, inclusive periodistas extranjeros, trataban inútilmente de entrevistar a Sisí. El teléfono no dejaba de sonar en esa casa en la que el silencio predominaba porque a los padres no les gustaba la música, y la hermana era resentidamente paralítica. Todos querían saber cómo, desde cuándo, por qué, y ellos permanecían boquiabiertos. No podían contar lo que no sabían. Para ellos, Sisí era una desconocida.
Antes de que volviera, desesperados, se metieron en su cuarto, revolvieron, desarmaron, encontraron. ¿Cómo una chica de poco mas de veinte años, tenía 25.000 pesos, 35 medallas y otros tantos certificados y ellos nunca se habían enterado?
Cuando Sisí entró, el padre le pegó una bofetada: no la conmovió. Su madre lloraba y entre moco y moco decía:
—No sé quién sos, Sisí… ¿qué es todo esto?— mientras señalaba los tesoros encontrados.
— ¿Por qué se metieron en mi vida?
— ¿Qué es esto…qué es?
— ¿Hice algo malo? Me gané la plata en buena ley.
—Pero, ¿para qué, Sisí?
—Porque sí. El dinero no me importa, la gente no me importa, la ropa no me importa, la vida no me importa. Lo único que importa es resistir, permanecer, mantenerse, persistir, ser fuerte, aguantar…
Sisí no paró de bailar hasta los cuarenta. Cayó muerta una noche en la pista, exhausta tras diez días sin detenerse.

No conoció nunca el placer de una charla con amigas, un novio que la abrazara, una mascota durmiendo a los pies de su cama. No gastó un solo peso de lo ganado. Tampoco reconoció ni una sola vez la cara del compañero que se movía a su ritmo.







Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos