Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



viernes, 16 de octubre de 2015

DE MENTIRAS Y VERDADES: otro cuento de mi libro Esa Obstinada costumbre de morir

DE MENTIRAS Y VERDADES
         La noticia se divulgó con rapidez. Un pueblo pequeño no permite ignorar nada de lo que sucede. La señora Sipasky había pasado a mejor vida, como dicen. Mi madre casi no la conocía, a pesar de que nuestras casas distaban pocos metros. Pero cuando me enteré, sentí que se me atascaba la garganta. Tenía que comprobar que no se habían equivocado de persona.
         Marian Sipasky me enseñó todo lo que sabía: sobre la vida, los hombres, los peligros y los goces, lo que valía la pena y lo que no, la importancia del aseo personal, y esas cosas de las que mi madre prefería no hablar; pero especialmente, de lo malo y mentiroso que es el ser humano y el mundo en general.
         La historia comenzó al ir a pedirle una taza de azúcar a su hija Irina: yo tenía doce años. Me hizo entrar al cuarto de Marian. Desde ese día, ni un solo martes y durante cinco años, dejé de ir. Era una hora, a la tarde, que atesoraba y mantenía en secreto. Después me enteré que todos lo sabían.
         Por alguna extraña razón confiaba plenamente en ella. Su palabra era la única verdad para mí. Nunca se me ocurrió preguntarle algo íntimo. Era rara, no voy a negarlo: siempre sentada en su silla de ruedas -ni supe desde cuándo-, en una habitación envuelta en tinieblas y una leve capa de polvo en el aire, con el pelo canoso y ralo, ojos semicerrados de los que nunca descubrí el color y un cierto aroma a rancio en la ropa. Su voz desprendía sonidos tibios y cadencias con un acento que bien podía ser polaco o ruso. Todos teníamos luz eléctrica, menos ella. Entre su sillón y mi banqueta, alumbraba una vela de siete colores que duraba una semana. La hija entraba en el cuarto solamente para llevarnos el té y unas galletas para mí. Según dijo, hacía ya veinte años que Marian no abandonaba esa habitación. De las paredes colgaban unos marcos antiguos pero la falta de luz me impedía saber qué encerraban. La vieja cama de metal, mi banqueta  y una mesita, era el mobiliario. Hablar a oscuras le daba a todo un clima severo y de gravedad.
         Después de verla metida en el cajón a la luz de dos velones grandes, se me ocurrió que era una mentira, que en realidad estaba durmiendo. No pude evitar tocarle las manos y la boca. Frías. Era mi primer muerto.
         Irina nos sirvió a mi madre y a mí un licor y dijo:
         —Se fue tranquila durante la noche, ¿qué en paz descanse!
         Y a mí me sonó como si se hubiese ido de paseo. No había nadie más en el velorio.        
         —Betty…, te dejó un regalo.
         Me sobresalté.  Todo lo que aquella mujer sabía de la vida me lo había enseñado. ¿Qué más podría darme?
         Irina fue hasta una puerta doble que siempre había permanecido cerrada con gruesas cortinas: terciopelo y negro. La abrió de par en par y la luz me cegó por un momento. Mamá seguía en silencio, y como asombrada, al conocer el lugar donde yo había pasado tantas tardes durante años.
         —Pasen… salgamos…
         Otro mundo apareció ante mis ojos. Un jardín increíble, prolífico, hermoso, una explosión de colores que abrumaba; y una jaula blanca con dos cotorritas azules que parloteaban cosas sin sentido.
         —Me hizo prometerle que cuando se muriera te entregaría la jaula. Las quería mucho, como a vos,  y todas las mañanas se la llevaba al cuarto para que ella les diera de comer.
         Nunca me lo había dicho. No sabía que existían. ¿Qué otras cosas me había ocultado? Ahora que lo pienso eran demasiadas las cosas que no sabía.
         Todavía con el licor en la mano, bajé el escalón  para verlas de cerca. Y ahí me di cuenta: la extremada belleza del jardín era sólo aparente. Todas las plantas y flores eran de plástico. Un mundo artificial.
         —Que la perdonaras por mantenerte en la penumbra. Hacía veinte años que estaba ciega.
         Sentí un mareo y se me cayó la copa. ¿Cómo nunca me había dado cuenta?   Descubrí dentro de mí una sensación de libertad, como si me hubiera librado de un fraude. Me sostuve en los brazos de mamá y vi que lagrimeaba.
          

         Hace cinco años que vivo en la ciudad, trabajo y estudio. Aún tengo a Ping y Pong conmigo, lo único verdadero. Aprendí a ser una escéptica. Todos mienten.



Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos