Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



sábado, 7 de marzo de 2015

El Círculo de los Padres

Cómo admirábamos a nuestros padres cuando éramos niños, nos parecían unos gigantes que solo estaban ahí para enseñarnos un millón de cosas nuevas cada día y para protegernos de cualquier peligro. Nos dejaban boquiabiertos con todo lo que sabían y compartían con nosotros.

Pero de pronto descubrimos que en ocasiones se equivocaban, que no eran en realidad tan grandes como creíamos y que no todo lo que nos decían correspondía a lo que nosotros descubríamos día con día.

En la escuela empezamos a ver otras figuras que nos parecían también imponentes, quizás sentimos admiración por Julio César o por César Augusto o incluso por Napoleón, pero después pudimos realmente comprender y asimilar que esos grandes personajes de la historia dejaron detrás de sí innumeralbles guerras y muertes, no solo de jóvenes soldados sino de muchísimos, muchísimos inocentes.

Quizás en la época universitaria nos dejamos impresionar por algunos idealistas como el Che Guevara, como también nuestros padres lo hicieron en un principio con la figura de John F. Kennedy, primer presidente católico (lo que era de suma importancia para ellos) de los Estados Unidos de América, hasta que descubrimos que también esos seres habían sido responsables de guerras y destrucción, e incluso de ejecuciones y violencias inútiles que se habían mantenido ocultas por la propaganda para poder conservar así la imagen de los que el sistema o el país quería presentar como auténticos héroes o como “grandes hombres”.

Tal vez también en esos mismos años de la universidad descubríamos sentir admiración por grandes escritores u otros creadores de arte sin igual como lo fueron Víctor Hugo, Tolstoi, Dostoiesvky, Turgueniev, Beethoven, Rodin, etc hasta que al interesarnos por sus biografías nos dimos cuenta que lo que realmente admirábamos de ellos eran sus obras pero no así sus personalidades, ni la forma como vivieron o trataron a los que los amaron profundamente.

Puede ser también posible que nos hayamos dejado sorprender por los que consideramos genios de los negocios como Steve Jobs, hasta que supimos lo que realmente significa ser lo que la sociedad llama “un triunfador”.

Tuvimos que llegar a una edad mucho más avanzada para poder cerrar el círculo y darnos cuenta de que aquellos generosos seres que tanto admirábamos en nuestra niñez eran realmente los más dignos y merecedores de esa admiración. Fueron ellos los que no escatimaron nada para darnos lo mejor que tenían y mostrarnos el camino que nos permitió llegar hasta donde nos encontramos ahora.

Conociendo la gran importancia en la vida de una buena educación, se hicieron a la tarea de darnos la mejor que pudieron concebir y que por supuesto incluyó los conceptos de lo que significa ser un ser humano bueno, honesto, honrado y trabajador como lo fueron ellos.

Desde que leí por primera vez La Amada Inmóvil quedé cautivado por la belleza de la escritura de Amado Nervo, a pesar de ser un poema fúnebre y por tanto sumamente triste, dedicado a la mujer que habría de ser el gran amor de su vida. Sin embargo ahora, y en cada ocasión en la que uno de mis seres más queridos deja de estar con nosotros, vuelve a la memoria aquella terrible frase de “Qué solos se quedan los muertos...”

Creo que el gran poeta se equivocó en esa parte de su inigualable obra: somos nosotros los que nos quedamos muy solos...

Alguien me decía que es posible aprender a vivir sin nuestros seres más queridos, aunque siempre añoremos su presencia y aunque siempre nos harán una falta terrible. Me decía también que llegaría el momento en el que su ausencia cesaría de dolernos como nos duele cuando ellos dejan de estar con nosotros, que esa ausencia ya no nos dolería con ese dolor que nos resulta tan particular y tan indescriptible y que nos hace sentir como si algo muy en nuestro interior, en especial en el pecho, se hubiese roto, o como si hubiese sido todo ese conjunto que formamos el que se hubiese partido en mil pedazos.

La misma persona me decía también que solo nos quedaba algo a nuestro favor: el hecho de que de alguna manera llevamos a esos seres tan queridos en algún sitio muy dentro de nosotros.

Tiene razón. Esos seres tan queridos llegaron a formar una parte de nuestro ser, precisamente por ese enorme afecto, amor y cariño que pudimos haber sentido por ellos y que nos fue correspondido con igual o incluso mayor intensidad.

Serán entonces esos afectos que hicieron que nos identificásemos con los que se nos han ido los que harán posible que de alguna manera podamos sentir su presencia, que harán posible sentir que podemos tenerlos con nosotros.

Sí, hay mucha razón en todo lo que me dice.

Hace unos días estuve en el funeral de un compañero de estudios de Francia y pude observar que la esposa, el hermano y las hijas se encontraban destrozados tal y como era de esperarse. Los nietos, quizás de unos 10 ó 12 años, daban la impresión de no sentir demasiado la pérdida de su abuelo. Debido a su corta edad tal vez no tuvieron el tiempo necesario para poder sentir la presencia de ese abuelo en sus vidas y por tanto la marca que pudo haber dejado no debió haber sido tan profunda. Creo que es mejor así, ya que hay pocas cosas más conmovedoras que ver a un niño o a una niña afligido o triste.

Algo similar sucede cuando me siento a escribir lo que me pasa por la mente: son éstas quizás las mejores pruebas de que llevamos dentro de nosotros a esos seres que amamos tanto y que buscamos, con nuestras conversaciones y nuestros escritos, mantenerlos no solo en nuestro interior sino que tratamos de hacerlos emerger de alguna forma a la superficie. No queremos que permanezcan tan solo en el cerebro y en el corazón: somos egocentristas, queremos que participen de nuestras vidas y en las de todos aquellos que tanto quisieron y que somos todos nosotros.

Se convierte entonces en una necesidad hablar de ellos y recordarnos mutuamente todo lo que les debemos. Es la mejor medicina que he podido encontrar para la pena y el dolor.

Siento algo parecido cuando escucho un concierto de música fascinante que quisiera que la orquesta siguiese tocando y tocando sin parar por más y más tiempo, o como cuando era niño y escuchaba un cuento que no quería que acabase, o que me gustaba tanto que quería que me lo repitiesen una y otra vez.

Siendo los personajes más inolvidables y extraordinarios que tanto enriquecieron nuestras vidas deseabamos profundamente que siguiesen estando con nosotros mucho tiempo.

Pero en ocasiones es necesario reconocer que no tenemos mucho derecho a quejarnos demasiado, pudimos tenerlos con nosotros tal vez medio siglo y ellos se encontrarían no muy lejos de poder completar el siglo.

Los recuerdos de tantos años pareciesen surgir como torrentes dentro de la mente y buscando una salida producen verdaderos embotellamientos de ideas e imágenes en nuestras cabezas. Los sucesos de nuestra niñez se mezclan con los de la edad adulta y traen consigo aquellos pensamientos que nos parecían tan difíciles de aceptar en la adolescencia, o en los primeros años de nuestra vida independiente, acerca de que llegaría el día en el que esos personajes inolvidables habrían de dejarnos solos. El concierto y el cuento terminarían y ellos se irían.

Cuando años atrás debí enfrentarme a la posibilidad física de no poder tener hijos, pensé en que quizá la adopción de un niño sería el camino a seguir. Sin embargo rechacé la idea, creía que no se podría llegar al mismo nivel de cariño por un hijo adoptivo como el que se tiene por un hijo propio. Estaba muy equivocado. La mejor prueba de mi error la vivimos ahora con una pequeña chinita a la que mi esposa da lecciones de su idioma de origen. La pequeña María (tiene un nombre español además de su nombre chino) es hija adoptiva de un generoso matrimonio español que tuvo la voluntad y la paciencia necesarias para llevar a cabo todos los largos y tediosísimos trámites de adopción, tanto en España como en China. Su generosidad tuvo su recompensa, María tiene una gracia y una simpatía que conquistarían hasta las mismas piedras y se ha convertido en la alegría de su casa y de toda la familia, incluyendo a las tías y al abuelo.

Y también se ha convertido en la alegría de nuestra casa. No tengo la menor duda que a la pequeña la quieren en su familia adoptiva tanto como se querría a los propios hijos.

No es necesario llevar la misma sangre para que se pueda desarrollar el amor y el cariño.

Qué lástima que hayamos requerido de tanto tiempo para poder cerrar el círculo y comprender todo esto.


Y más pena siento ahora de que nuestros padres ya no estén aquí para que podamos decirles una y mil veces cuánto los queremos, decirles que sentimos una admiración por ellos similar a la que teníamos cuando todavía éramos unos niños y decirles también cuánto tenemos que agradecerles tantos y tan maravillosos legados que recibimos de ellos

Marisol

Marisol
Autor David Gómez Salas

¿Y porque no adoptas a Marisol? —Me preguntó la señora Lilia
— Me fascinaría poder adoptarla  — Contesté.

Marisol tenía 12 años de edad,  era la  efigie de la ternura. De ojos negros impresionantes, pestañas grandes, cejas negras y  sonrisa tímida; tenía un bello rostro que irradiaba afecto.  Era sobrina de la señora Lilia y tenía una hermana mayor : Olga y un hermano menor : Luis.

La señora Lilia vendía comida y refrescos, en el garaje de su casa.  Vivía frente al laboratorio que instalamos en la ciudad de Coatzacoalcos para realizar análisis fisicoquímicos y bacteriológicos en el agua, estudiábamos  el comportamiento hidrodinámico y la calidad del agua del río Coatzacoalcos,  desde Minatitlán hasta su desembocadura al mar.

Desde que vi a Marisol en casa de su tía, percibí la calidez de su mirada; irradiaba sinceridad,  fue  una luz que penetró en mi alma.  Por eso al escuchar la pregunta de la señora Lilia, sentí gran alegría.

Marisol me manifestaba su cariño al platicar y al convivir cuando yo asistía a comer a casa de la señora Lilia.  Ellas habían platicado y de ellas había surgido la maravillosa idea de que la adoptara.
 
Yo tenía un año de casado y una hija recién nacida. Imaginaba que la magia de la vida, me situaba en forma acelerada  con la posibilidad de integrar una gran familia.

De inmediato platique con mi esposa, ella estudiaba en la ciudad de México, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Lo hice por teléfono y mi sensitiva esposa estuvo de acuerdo.

Después debía conversar con sus padres para poder llevar a cabo la adopción en forma legal. La tía y la abuela lo aprobaban y se manifestaban  contentas. Marisol vivía en casa de su abuela y visitaba casi todos los días a su tía.

Durante mi estancia en Coatzacoalcos llevé  a Marisol al cine y al circo acompañado de su hermanito Luis. También un día nos llevó el charrascas a un paseo en lancha, el charrascas era el lanchero con el que se realizaban los recorridos de trabajo.  En el estuario,  donde se juntan los ríos Calzadas y Coatzacoalcos, con el agua de mar que penetra cuando sube la marea; vimos un cachalote que se asomó arriba de la superficie del agua, cerca de nosotros apenas a cuatro metros de distancia.

Pasó cerca de la lancha con su enorme cabeza cuadrada, piel café rugosa y Joroba. No supe  cuanto media porque no asomó en algún momento su cuerpo completo.  Asomó primero la  enorme cabeza y paulatinamente,  conforme la empezó a sumergir, emergió su joroba y finalmente gran parte de su largo cuerpo.  Era más grande que la lancha en la paseábamos, la cual medía como 12 metros de largo.

Conviví con la familia de Marisol. También mi esposa convivió con Marisol, gracias a que hubo una huelga en la UNAM pudo ir unos días a Coatzacoalcos.

— Dice mi hermano (padre de Marisol)  que lo recibirá en su casa el próximo sábado a las seis de la tarde, para platicar sobre Marisol — me informó la señora Lilia.

El padre de Marisol vivía en Allende de Coatzacoalcos, un caserío asentado en la desembocadura del rio al mar, en la otra margen, frente a la ciudad de Coatzacoalcos. Para arribar al lugar,  se atravesaba el río en lancha.

Aquel sábado fui a ver al padre de Marisol, acompañado de Francisco, un amigo y compañero de estudios; en ese tiempo también compañero de trabajo. Descendimos de la lancha y seguimos las indicaciones que me había dado la señora Lilia para hallar  la casa del papá de Marisol.

Allende de Coatzacoalcos era un asentamiento habitacional rudimentario, con calles de arena, sin banquetas,  pocas casas separadas entre ellas por grandes espacios baldíos, sin bardas o cercas que definieran los límites de los predios.  Muchas casas era de madera con techo de palma y tres o cuatro casas de material, así les dicen cuando usan cemento al construir sus muros o  pisos.

Caminamos y encontramos con facilidad la casa del papá de Marisol.  Su casa era de material. Cuando nos paramos frente a la casa observé que salió por la parte posterior de la casa un señor como de 20 - 25 años de edad, iba sangrando de la nariz o de la boca.  Se cubría el rostro con un trapo improvisado de pañuelo, mojado con sangre. También tenía sangre en el pecho y algunas manchas en su short. No vestía camisa y estaba descalzo. Toqué a la puerta y esperé.  

—Ahorita les abro —dijo, asomando la cara por la puerta entreabierta, para cerrarla nuevamente. Dos minutos después abrió la puerta y nos invitó a pasar.

Al entrar noté de inmediato que la casa estaba desordenada, había en el piso cosas tiradas, botellas vacías de cervezas y  todo indicaba que había sucedido una pelea. El papá de Marisol tomó unos periódicos viejos que estaban en el suelo y los puso sobre un sofá para cubrir las lunares  de  sangre que tenía el asiento.

— Siéntense —dijo.

Francisco se sentó en una silla y yo me senté en un descansabrazos del sofá.

 —A ver explíqueme que es lo que quiere — me dijo, viéndome a los ojos, con actitud retadora.

— Deseo adoptar a su hija Marisol  — contesté.

—¿Y porque se le ocurrió que podía adoptarla? —me preguntó.

—Su hermana Lilia me informó que sus hijos ya no viven con usted ni con su esposa, viven en la casa de su abuelita, mamá de usted. Siento cariño por Marisol, he platicado con mucho con ella. Sé que ella también siente cariño por mi y por mi esposa. Si platica usted platica con Marisol podrá saber directamente lo que piensa y quiere. También platique con su hermana y con su mamá y ellas le darán sus puntos de vista sobre mi y sobre mi petición de adoptar a Marisol...

 —Ya sé lo que piensa Lilia y mi mamá —interrumpió.  Lo que importa es lo que pienso yo y lo que piense la mamá de Marisol. Es lo único que importa, somos los padres de Marisol  y sin nuestra aprobación no se podrá hacer nada, agregó.

— Así es — contesté.

—No sé a qué se dedica usted, no sé en donde vive, no sé si es soltero o casado, no sé si puede o no puede tener hijos propios,  no sé porque siendo tan joven quiere adoptar a Marisol, no sé nada sobre usted.  De repente usted aparece en Coatzacoalcos, porque usted no vive aquí, simplemente conoce a mi hija Marisol , se le ocurre que puede adoptarla y llevársela a otra ciudad.  

Usted ha platicado con Marisol, mi mamá y mi hermana, usted las ha conquistado. Pero ellas no tienen la experiencia y malicia que tienen las personas que viven en las grandes ciudades, ellas son inocentes como son la mayoría de los provincianos.

Yo trabajo en cargueros marítimos, barcos de carga que transportan mercancías a todas partes del mundo. Yo conozco Grecia, Italia, Panamá, Estados Unidos, Japón y otros  más.  Me he enterado de todo tipo de historias, el mundo está lleno de gente mal intencionada.

— Deseo que todo sea oficial, ante un Juez  — Por eso vine a platicar con usted para llevar a cabo un trámite  legal en donde se investiga todo y donde se le garantice que pueda estar siempre en contacto con Marisol y sepa que está bien de salud, que estudia y que se desarrolla bien culturalmente y emocionalmente.

Mi idea es que acudamos al juzgado de lo familiar y hagamos todos los trámites que exige la ley. Empezando por los consentimientos  y la intervención del Juzgado de lo Familiar y del Registro Civil. Todo lo que sea necesario para dar seguridad a Marisol y a sus padres de sangre. Iríamos al juzgado que queda en el centro de la ciudad de Coatzacoalcos, a media cuadra del jardín central.

— Okey, vamos a reunirnos los tres.  La mamá de Marisol, yo y tú; el miércoles a las diez de la mañana. Nos vemos afuera del templo, frente al jardín  y de ahí vamos al juzgado.

— De acuerdo, muchas gracias por recibirme y escucharme — respondí y me levanté del sofá y extendí mi mano para despedirme.

—Solo iremos a ver que nos dicen en el juzgado—dijo sin estrechar mi mano.

 — Muy bien, nos vemos el miércoles a las diez de la mañana  — le dije. Y salimos de su casa.

En el camino Francisco, me comentó : Cuídate, no se ve sincero el papá de Marisol.

El miércoles llegué a la cita a las 9:30 horas, vi que la puerta principal del templo  estaba abierta así que entré y  revisé dentro de la iglesia, no había nadie. La puerta lateral estaba cerrada. Impaciente caminé muchas veces de un lado a otro por la banqueta fuera de la puerta principal.

Cuando el reloj de la iglesia marcó las diez horas, me emocioné...

Como a las 10:30 una señora morena de cabello negro como de 35-40 años, me observó con cierto disimulo. Primero cruzó del jardín al templo, pero no entró a él, se siguió de largo. Al rato pasó de nuevo y cruzó la calle del templo al jardín. Se detuvo como 10 minutos y finalmente pasó un taxi que se paró sin que ella le hiciera seña alguna, lo abordó y se fue.
 
Observaba con atención a todos los que pasaban caminando:  creyentes que se persignaban,  otros que entraban al templo y ateos o católicos que no se persignaban. También veía a los que pasaban en carro.

Algunas personas me miraban con atención quizás por tanto tiempo que estuve ahí caminando nerviosamente.   Estuve ahí hasta las catorce horas. Cuatro horas, por si había tenido algún problema al cruzar el río.

Fui a casa de la señora  Lilia, le relaté lo sucedido.

— ¿Era gordita la señora que lo observaba ? — preguntó la señora Lilia.

— Pues más o menos   — contesté.  Llenita sería la palabra, pues no era redonda, parecía tener una faja para mostrar cintura y desbordaba un poco de carne arriba y abajo de la faja. Ojos grandes negros con ojeras. Cabello negro un poco rizado, bueno no era lacio.

—¡Era ella! — dijo. Era la mamá de Marisol, fue a observarlo, quería conocer como era usted.

Más noche, la abuelita de Marisol pasó a verme al trabajo y me pidió que le contara nuevamente sobre la espera de su hijo afuera del templo. Me hizo muchas preguntas sobre la señora llenita que había estado por allá viéndome.

—Es la mamá de Marisol  — confirmó.  Hablaré con ella, no se preocupe; agregó al despedirse.

Después de seis días, una noche la abuelita de Marisol me dijo en su casa: Pues creo que nunca le van a decir sí ni no. Pienso que debería llevarse a Marisol, allá en la ciudad de México no lo encontrarán jamás.

Recordé los consejos que me dio el Juez cuando fui e verlo y le platiqué mi deseo de adoptar a Marisol y lo que había sucedido aquel día fuera del templo.

No se le vaya ocurrir que Marisol puede irse con usted con un permiso verbal, ni siquiera con un papel de un acuerdo entre particulares. Debe ser una resolución judicial. No se meta en líos.

Además usted no puede adoptar a Marisol porque ella tiene 12 años y usted 23; la ley establece que la diferencia de edad debe ser al menos 16 años,  para que biológicamente usted pudiera su padre.  Lo mismo sucede con su esposa, ella tiene 19 años, es apenas 7 años mayor que Marisol, se requiere que ella sea 14 años mayor que la adoptada para que biológicamente pudiera ser su madre.  Años después modificaron las leyes y se estableció que la diferencia de edades entre adoptante y adoptado debe ser  de 17 años o más.

Usted es joven podrá tener más hijos, me dijo con una sonrisa amable.  Estrechó mi mano y me dio una palmada en el hombro, al despedirnos.

Era un hombre bueno, un buen juez.

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos