Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



viernes, 11 de septiembre de 2015

De mi libro "Esa obstinada costumbre de Morir" les regalo otro cuento

CONFESIÓN
Escuché un golpe seco. Yo estaba en el dormitorio, prendí la luz y salté de la cama; me imaginé cualquier cosa. Agarré el revólver. No se me ocurrió que iba a ver a mi hijo así, al pie de la escalera. Le grité a mi mujer ¡llamá a la ambulancia! y bajé. No sabía si estaba vivo o muerto. ¡Son quince escalones!
Encontré a Lucas caído boca arriba, en una posición ridícula: la pierna izquierda estirada y el pie doblado para atrás. La pierna derecha apuntando a la cabeza, de la que chorreaba sangre. Los brazos desencajados y cruzados en la espalda. No podía creer que ese era él. Pensé: no se me va a morir de esta manera justo ahora. Ahí fue cuando vi que respiraba. La madre, arriba, me aturdía con sus alaridos. Abrió los ojos y me miró. Empezó a quejarse como un loco, se ve que el dolor era insoportable. Me di cuenta de que además de los huesos estaba destrozado por dentro. ¡Pobre hijo mío!  
La ambulancia apareció recién a la hora. El médico podría haberlo salvado, pero vino muy  tarde, comisario.
Por eso lo maté.

En lágrimas, bajó la cabeza ofreciendo sus manos para que ser esposado.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

A VER SI LES GUSTA ESTE CUENTO DE "ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR"

HASTA QUE LA MUERTE NOS UNA
            Sos vos, selva de canas y arrugas; caminás en tres con tu bastón, como el oráculo de Delfos lo auguró más de veintiséis siglos atrás; con la espalda curva por años sobre un escritorio de oficina. No me cabe ninguna duda. Tus manos largas, y ahora nudosas, aún conservan la alianza. El traje con chaleco, anacrónico, es tu firma, y unos pesados anteojos publicitan el umbral a la ceguera.
            Llueve. Detestabas usar paraguas y, por lo que veo, no hubo ningún cambio en diez años.
            Te sigo como perro a sulky durante una hora: apenas veinte cuadras. Lento andar. Quiero ver dónde vivís, enterarme qué es hoy del hombre que una vez me perteneció. Pero no me es posible salir del anonimato. Parezco una detective de adúlteros.

            Lo observo cuando entra en la pensión, lo espío por la ventana, guarda mi foto en un bolsillo del chaleco y, mientras se ceba unos mates con parsimonia, toma una cuerda, hace un nudo corredizo, la enlaza por una viga del cielorraso, sube al banquito naranja que había sido de nuestro hijo y se calza la víbora vegetal alrededor del cuello. Con precisión y sin lágrimas patea su pedestal provisorio. No grita, no le queda la lengua afuera, no se le caen los lentes ni se le desabrocha un solo botón. Impecable como siempre.
            No siento compasión o dolor. A decir verdad, sólo una serena alegría bajo la llovizna espesa que no me roza. Todo ha sido cuestión de esperar.

            ¿Sabés? Me sentía muy sola sin vos. 

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos