Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



lunes, 28 de diciembre de 2015

PECULIAR AGENDA: de mi libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

PECULIAR AGENDA
                   Como siempre te despertás a las 6, vas al baño y te cepillás los dientes.           
                 Como siempre te hacés el desayuno de reyes que aconsejan los que saben y cargás el celular.
            Como siempre te das una ducha con los tres últimos segundos de agua fría para tonificar, te afeitás, te ponés loción y te vestís con la ropa que preparaste a la noche.
            Como siempre cortás la llave general de gas, no olvidás apagar todas las luces y desconectás la computadora por si hubiese corte de electricidad. Recogés tu teléfono móvil, el attaché del escritorio, abrís la puerta, levantás el diario que dejaron en la entrada y cerrás con las cuatro llaves.
               Como siempre sacás el auto de la cochera, manejás tranquilo por la ruta hasta el centro escuchando tu Mp4.
                 Como siempre pasás tu mañana en la Bolsa comprando y vendiendo acciones para tus clientes, ganando buenas comisiones. Después vas una hora al gimnasio a hacer un poco de pesas y unas piletas.
                 Como siempre te encontrás a almorzar con un amigo en el mejor restaurante de la City porteña, pagás con tu American Express, regresás a la oficina y hacés algunos llamados personales mientras organizás el día de mañana.          
                   Como siempre  -satisfecho de la jornada- vas a tomar unos tragos a un pub del Bajo con varios colegas, volvés a tu casa un poco entonado pero manejando con prudencia para que no te pare la policía.
           Como siempre, al entrar encendés las luces, preparás un buen café porque no acostumbrás cenar, te tirás en el sillón del living, decidís que es una buena idea ver un estreno en el DVD y desconectás los dos teléfonos. Terminás la película y, todavía despabilado salís de tu casa sin nada en las manos a correr por el parque.
       Como siempre encontrás alguna pareja besándose y les cortás las gargantas con la sevillana que, como siempre, llevás en el bolsillo del jogging.
        Todo como siempre, pero la navaja la usás sólo el último viernes de cada mes.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Karítsi kalosýni

Karítsi kalosýni
© David Gómez Salas

Una tarde en la playa
a los seis años de edad
—etapa frambuyosa—
conocí a Karítsi kalosýni
hada bondadosa
y bálsamo para los niños
que viven en orfandad.

Es una muñequita linda
que irradia alegría y dulzura;
compuesta de azúcar morena,
crema de coco y espuma de mar.

Vive en el océano y sale a tierra,
todas las navidades, sin faltar;
para dar cariño y regalos
a todos los niños de cualquier lugar.

Sonrió amorosa, acarició
mi cabeza con suavidad
y me dio un puñado de arena,
miles de granitos de felicidad.

Pizquitas de mar, de estrellas, de luna,
del universo y muchas cosas más;
chispitas de amor y bondad
que alegres vuelan hacia los demás.

Con mis amiguitos yo deseo estar
para compartir la felicidad.
que me regaló Karítsi kalosýni,
niña bondad, salida del mar.

viernes, 11 de diciembre de 2015

CONCURSO DE RELATOS "VILLANOS EXTRAORDINARIOS"

CON CADA LUNA LLENA
            El arroyo recibe el cuerpo sin vida, todavía tibio, de manos del hombre que mira extasiado cómo va desapareciendo entre restos de comida, bolsas de plástico y un viejo zapato ortopédico. El oscuro cabello se confunde con el fango pero el cadáver no termina de hundirse.
Satisfecho, se frota las manos pegajosas en el pantalón. En un bolsillo lleva como trofeo la lengua de su víctima.
El perro hambriento se acerca despacio. Huele carne fresca. Mientras los otros esperan, se atreve en las aguas y muerde un bracito. Pelea con él arrastrando el cuerpo a tierra firme. No lo perderá: hace días que no encuentra qué comer. El resto de la manada lo ayuda en el destrozo. Todo sucede en minutos; la comida resulta escasa para tantos pero su instinto les dice que aunque poca, ayuda a saciar en algo el hambre.
Celoso, el hombre observa. En ese momento se recrimina no haber comido ni bebido del que mató. Reflexiona que así habría completado el ciclo de búsqueda, violación y muerte que repite cada noche de luna llena, sosteniendo la fantasía de convertirse en lobo.
Hombre lobo del hombre, piensa. Él nunca será víctima: siempre victimario.
Se va, envidiándolos. Decide que en la próxima luna no se dejará robar el cadáver. Será suyo y de nadie más.


viernes, 4 de diciembre de 2015

MEJOR NO HABLAR: Un cuento de ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

MEJOR NO HABLAR
            Las investigaciones fueron llevadas a cabo directamente por Scotland Yard con ayuda de especialistas franceses y norteamericanos. Nadie pudo dar una explicación convincente y verosímil de lo ocurrido. La Casa Taylor fue cerrada por unos parientes lejanos hasta acordar cómo dividirían los bienes.
            Lo cierto es que antes de la reunión, Kevin Taylor[1], biólogo marino excéntrico y alejado hacía años de las aulas de Oxford, había enviado a sus principales colegas extranjeros -yo entre ellos- informes detallados de lo que él consideraba un hallazgo, una mutación extraña y enorme de la especie Pagurus Bernhardus[2]
            El 23 de setiembre del año 2003 nos citó en su castillo de la campiña inglesa, acompañando a la invitación los pasajes aéreos y el correspondiente recibo de alquiler de dos automóviles para nuestro traslado desde Londres hacia las afueras de Windsor, donde vivía.
            Acudimos siete de los ocho científicos invitados; sin falsa modestia, todos de renombre internacional. Dejamos constancia de lo que se habló y se hizo en un Libro de Actas. Scotland Yard consignó que las fotografías que saqué en el momento con mi cámara polaroid, faltaban. Los espacios vacíos en el libro daban cuenta, dijeron, de que alguien o “algo” las había robado. Otro interrogante más sin respuesta.
            A la prensa le informaron lo que constaba en las actas: el Dr. Taylor mostró el espécimen, relatando dónde, cómo y cuándo lo había descubierto en el Mar del Norte. Discutimos su verdadera procedencia, la forma de mutación, propiedades y prospectivas de evolución. El acta terminaba con una frase: “Madison y Lessoine sacan el ejemplar  del recipiente de vidrio sellado y lo colocan sobre la mesa de disección. No se observa movimiento alguno aunque pueden percibirse colores cambiantes bajo la epidermis…”.  Nada más.
                        Los inspectores a quienes recurrió cada familia luego de cuatro días de no tener noticias nuestras, hallaron lo que habían sido miembros y órganos humanos diseminados por el piso, pegados a las paredes, colgados del techo de la sala principal. El resto de las cosas: maletines, vasos de whisky servidos, pipas, anotadores, lapiceras, abrigos e instrumentos quirúrgicos estaban, al parecer, tal y como los habíamos dejado en ese momento. Del animal no había rastro alguno. Pero comentaron: “se sentía en el aire un olor ácido que nos provocó vómitos compulsivos, ardor en los ojos y mareos persistentes junto con una variación constante de colores en las pupilas que nos obstruyó la visión durante semanas”      
            A mí me encontraron oculto en la bodega del castillo, dentro de un tonel, paralizado y sin habla. Me internaron como catatónico post-traumático, amnésico y al parecer irrecuperable. Mi esposa, siempre esperanzada de que volviera a la realidad, me mantuvo al tanto de las investigaciones y los artículos periodísticos aún sin obtener ninguna reacción de mi parte. Me contó que los restos fueron llevados a Londres y están en cincuenta y seis cubetas cerradas en el laboratorio principal de la Universidad.
            Nunca se comprobó nada de lo que dejamos asentado en el acta de esa fecha; ni tampoco fue posible llevar a cabo ninguno de los siete sepelios. Hasta el momento lo consideran caso no resuelto.[3]
            Yo prefiero no hablar. Aunque decidí no abrir los ojos, sé que el Pagurus Bernhardus me observa.

           





[1] Quienes lo conocieron dicen que todo en él llevaba siempre al peligro
[2] Esta especie singular de artrópodo crustáceo de cuerpo blando se aloja en las conchas 
vacías de caracoles marinos. Se la conoce comúnmente como “ermitaño”.
[3] Cold case. La comunidad científica persiste en ignorarlo.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Breve

Breve
© David Gómez Salas, el Jaguar

¿Cómo explicar a  mi mismo,
mi espíritu efusivo?
Si en cuestiones de amor,
nada es excesivo.

¿Para que soñar con un futuro?
Si amar es mi presente
y no apetezco un destino
diferente.

Te necesito

Te necesito
© David Gómez Salas
-
No sé donde nace el fuego
que funde mi esencia
para engendrar arrabios
de pasión e inocencia.
-
Arrabios que buscan en tus labios
la dulzura que mi alma
y mi cuerpo, necesitan.
Un poco de calma al ciclón
que a mi corazón, agita.
-
Ven mujercita, necesito
abrazarte y colmarte de besos.
Sentir tu piel, tu aliento
y amarte con exceso.

viernes, 13 de noviembre de 2015

De ESA OBSTINADA COSTUMBRE DEMORIR

SOLUCIÓN DE EMERGENCIA
            Este gordo ocupa mucho lugar. Creo que lo desinflaré: le haré un agujerito en el costado  cuando se duerma, me sentaré sobre él y apretaré con todas mis fuerzas. Espero que los demás pasajeros del micro nocturno no se asusten por el ruido. Es la única manera de poder sentarme en forma cómoda para un viaje tan largo. Empezó a roncar.

            Ya está. Estoy tan cansada que me quedaré sobre él para dormir un rato. ¡Las cosas que una tiene que hacer para  convivir con estos seres hipopotámicos! Me da pena. Le chorrea sangre por el agujerito. ¿Será grave? No respira.  

miércoles, 21 de octubre de 2015

DEBUT Y DESPEDIDA: otro cuento de mi libro Esa obstinada costumbre de morir

DEBUT Y DESPEDIDA
            Mientras César escucha un bolero gris que habla de amores infames, sale de la ducha y se cepilla los dientes, cosa necesaria aunque prosaica si las hay, piensa. Hoy formará parte del jurado en un caso de homicidio múltiple. Es su primera vez, su debut. Se juzga importante como cola de pavo real desplegada: la vida de un hombre depende de él. Y su mujer le dijo que está orgullosa.
          Anoche ella le preparó su traje, la mejor camisa, su única corbata, las medias; no olvidó lustrar los zapatos. Él tiene todo bajo control.
            El caso está impregnado de misterio y locura: un hombre (al que considera inocente hasta que le prueben lo contrario) parece haber matado a su esposa, su suegra, sus tres hijas e intentó suicidarse bebiendo un litro de detergente concentrado.. Obviamente no lo logró porque hoy estará en el estrado como acusado.
            César, jurado novel frente a un caso tan complejo, está decidido a ser absolutamente imparcial y objetivo, aunque bien sabe que él mismo ha evadido siempre las responsabilidad: salvó su pellejo varias veces después de matar las indeseables  mascotas de sus vecinos, acelerar la muerte de un padre iracundo con cloruro de potasio y dejar sin vida a la última prostituta con la que estuvo.
            Antes de vestirse toma la afeitadora…  ¡rota! Se pregunta por qué el mundo está en su contra, por qué nada es perfecto, por qué todo es al fin y al cabo una porquería… Se mira en el espejo y la barba de dos días le parece sucia, desprolija. No puede concurrir así al Tribunal. La ira lo empantana. Saca el revólver del estuche bajo la cama y pone una almohada sobre la cabeza de su mujer dormida, que se agita al tratar de liberarse. No hace a tiempo. Suena el disparo, junto con sus gritos: “¡¡¡Te dije que quiero tener siempre mi afeitadora nueva y  lista!!!”
            Minutos después se escucha la sirena policial.
            Lamenta que hoy no tendrá el honor de juzgar al homicida múltiple.  Pronto él será el acusado.







viernes, 16 de octubre de 2015

DE MENTIRAS Y VERDADES: otro cuento de mi libro Esa Obstinada costumbre de morir

DE MENTIRAS Y VERDADES
         La noticia se divulgó con rapidez. Un pueblo pequeño no permite ignorar nada de lo que sucede. La señora Sipasky había pasado a mejor vida, como dicen. Mi madre casi no la conocía, a pesar de que nuestras casas distaban pocos metros. Pero cuando me enteré, sentí que se me atascaba la garganta. Tenía que comprobar que no se habían equivocado de persona.
         Marian Sipasky me enseñó todo lo que sabía: sobre la vida, los hombres, los peligros y los goces, lo que valía la pena y lo que no, la importancia del aseo personal, y esas cosas de las que mi madre prefería no hablar; pero especialmente, de lo malo y mentiroso que es el ser humano y el mundo en general.
         La historia comenzó al ir a pedirle una taza de azúcar a su hija Irina: yo tenía doce años. Me hizo entrar al cuarto de Marian. Desde ese día, ni un solo martes y durante cinco años, dejé de ir. Era una hora, a la tarde, que atesoraba y mantenía en secreto. Después me enteré que todos lo sabían.
         Por alguna extraña razón confiaba plenamente en ella. Su palabra era la única verdad para mí. Nunca se me ocurrió preguntarle algo íntimo. Era rara, no voy a negarlo: siempre sentada en su silla de ruedas -ni supe desde cuándo-, en una habitación envuelta en tinieblas y una leve capa de polvo en el aire, con el pelo canoso y ralo, ojos semicerrados de los que nunca descubrí el color y un cierto aroma a rancio en la ropa. Su voz desprendía sonidos tibios y cadencias con un acento que bien podía ser polaco o ruso. Todos teníamos luz eléctrica, menos ella. Entre su sillón y mi banqueta, alumbraba una vela de siete colores que duraba una semana. La hija entraba en el cuarto solamente para llevarnos el té y unas galletas para mí. Según dijo, hacía ya veinte años que Marian no abandonaba esa habitación. De las paredes colgaban unos marcos antiguos pero la falta de luz me impedía saber qué encerraban. La vieja cama de metal, mi banqueta  y una mesita, era el mobiliario. Hablar a oscuras le daba a todo un clima severo y de gravedad.
         Después de verla metida en el cajón a la luz de dos velones grandes, se me ocurrió que era una mentira, que en realidad estaba durmiendo. No pude evitar tocarle las manos y la boca. Frías. Era mi primer muerto.
         Irina nos sirvió a mi madre y a mí un licor y dijo:
         —Se fue tranquila durante la noche, ¿qué en paz descanse!
         Y a mí me sonó como si se hubiese ido de paseo. No había nadie más en el velorio.        
         —Betty…, te dejó un regalo.
         Me sobresalté.  Todo lo que aquella mujer sabía de la vida me lo había enseñado. ¿Qué más podría darme?
         Irina fue hasta una puerta doble que siempre había permanecido cerrada con gruesas cortinas: terciopelo y negro. La abrió de par en par y la luz me cegó por un momento. Mamá seguía en silencio, y como asombrada, al conocer el lugar donde yo había pasado tantas tardes durante años.
         —Pasen… salgamos…
         Otro mundo apareció ante mis ojos. Un jardín increíble, prolífico, hermoso, una explosión de colores que abrumaba; y una jaula blanca con dos cotorritas azules que parloteaban cosas sin sentido.
         —Me hizo prometerle que cuando se muriera te entregaría la jaula. Las quería mucho, como a vos,  y todas las mañanas se la llevaba al cuarto para que ella les diera de comer.
         Nunca me lo había dicho. No sabía que existían. ¿Qué otras cosas me había ocultado? Ahora que lo pienso eran demasiadas las cosas que no sabía.
         Todavía con el licor en la mano, bajé el escalón  para verlas de cerca. Y ahí me di cuenta: la extremada belleza del jardín era sólo aparente. Todas las plantas y flores eran de plástico. Un mundo artificial.
         —Que la perdonaras por mantenerte en la penumbra. Hacía veinte años que estaba ciega.
         Sentí un mareo y se me cayó la copa. ¿Cómo nunca me había dado cuenta?   Descubrí dentro de mí una sensación de libertad, como si me hubiera librado de un fraude. Me sostuve en los brazos de mamá y vi que lagrimeaba.
          

         Hace cinco años que vivo en la ciudad, trabajo y estudio. Aún tengo a Ping y Pong conmigo, lo único verdadero. Aprendí a ser una escéptica. Todos mienten.



viernes, 2 de octubre de 2015

ACÁ VA OTRO DE MI LIBRO

ENTERRAR LAS PALABRAS
Haciendo un racconto de lo disfrutado desde el almuerzo, concluyó que la tarde había sido apacible. Leyó veinte páginas de una novela de aventuras y cebó unos mates; después simplemente se dedicó a mirar el cielo diáfano, el bosque de eucaliptos, el pasto verde y lozano tras la lluvia. No podía pedir más. Así era como había imaginado siempre su jubilación: un disfrute en el campo de las cosas simples de la vida.
Julia había muerto un mes atrás y aunque no quisiera confesarlo, se sentía aliviado. Habladora: no podía parar la lengua ni siquiera dormida. Lo iba siguiendo a todas partes, contándole cosas que no le interesaban y ni podía entender. Insoportable.
Ahora, el silencio, su única y perfecta compañía.
La noche de otoño era cálida e invitaba al descanso. Se acostó en la hamaca paraguaya atada entre dos robles y se quedó dormido.
La luz del amanecer lo despertó junto con el molesto ruido de los perros escarbando ansiosos en el rectángulo de flores, como si hubiesen escondido huesos y trataban de recuperarlos.
Se acabó mi tranquilidad, pensó. El jubileo duró solamente un mes. Aunque no hablara, Julia no lo iba a dejar nunca en paz. De aquí en más tendría que plantar flores él. Mejor sería deshacerse de los perros; pero son compañeros, guardianes y no hablan.


viernes, 11 de septiembre de 2015

De mi libro "Esa obstinada costumbre de Morir" les regalo otro cuento

CONFESIÓN
Escuché un golpe seco. Yo estaba en el dormitorio, prendí la luz y salté de la cama; me imaginé cualquier cosa. Agarré el revólver. No se me ocurrió que iba a ver a mi hijo así, al pie de la escalera. Le grité a mi mujer ¡llamá a la ambulancia! y bajé. No sabía si estaba vivo o muerto. ¡Son quince escalones!
Encontré a Lucas caído boca arriba, en una posición ridícula: la pierna izquierda estirada y el pie doblado para atrás. La pierna derecha apuntando a la cabeza, de la que chorreaba sangre. Los brazos desencajados y cruzados en la espalda. No podía creer que ese era él. Pensé: no se me va a morir de esta manera justo ahora. Ahí fue cuando vi que respiraba. La madre, arriba, me aturdía con sus alaridos. Abrió los ojos y me miró. Empezó a quejarse como un loco, se ve que el dolor era insoportable. Me di cuenta de que además de los huesos estaba destrozado por dentro. ¡Pobre hijo mío!  
La ambulancia apareció recién a la hora. El médico podría haberlo salvado, pero vino muy  tarde, comisario.
Por eso lo maté.

En lágrimas, bajó la cabeza ofreciendo sus manos para que ser esposado.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

A VER SI LES GUSTA ESTE CUENTO DE "ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR"

HASTA QUE LA MUERTE NOS UNA
            Sos vos, selva de canas y arrugas; caminás en tres con tu bastón, como el oráculo de Delfos lo auguró más de veintiséis siglos atrás; con la espalda curva por años sobre un escritorio de oficina. No me cabe ninguna duda. Tus manos largas, y ahora nudosas, aún conservan la alianza. El traje con chaleco, anacrónico, es tu firma, y unos pesados anteojos publicitan el umbral a la ceguera.
            Llueve. Detestabas usar paraguas y, por lo que veo, no hubo ningún cambio en diez años.
            Te sigo como perro a sulky durante una hora: apenas veinte cuadras. Lento andar. Quiero ver dónde vivís, enterarme qué es hoy del hombre que una vez me perteneció. Pero no me es posible salir del anonimato. Parezco una detective de adúlteros.

            Lo observo cuando entra en la pensión, lo espío por la ventana, guarda mi foto en un bolsillo del chaleco y, mientras se ceba unos mates con parsimonia, toma una cuerda, hace un nudo corredizo, la enlaza por una viga del cielorraso, sube al banquito naranja que había sido de nuestro hijo y se calza la víbora vegetal alrededor del cuello. Con precisión y sin lágrimas patea su pedestal provisorio. No grita, no le queda la lengua afuera, no se le caen los lentes ni se le desabrocha un solo botón. Impecable como siempre.
            No siento compasión o dolor. A decir verdad, sólo una serena alegría bajo la llovizna espesa que no me roza. Todo ha sido cuestión de esperar.

            ¿Sabés? Me sentía muy sola sin vos. 

martes, 25 de agosto de 2015

LA ESCRITURA A MANO

La enseñanza de la escritura caligráfica a debate

Escribir a mano es cada vez menos habitual en la vida cotidiana de los ciudadanos. En una sociedad moderna como la nuestra, en la que se persigue la rentabilidad por encima de cualquiera otra razón, muchas voces se preguntan si merece la pena enseñar la escritura caligráfica en la escuela o si no sería mejor arrinconarla para siempre y que los niños aprendan a escribir directamente con el teclado digital. El debate está servido.

En Finlandia ─un ejemplo a seguir en su buen nivel educativo─, a partir del curso 2016/2017, van a sustituir el aprendizaje de la escritura a mano caligráfica por clases de mecanografía en el teclado QWERTY (conocido así por las cinco primeras letras de la primera fila del teclado). Es necesario matizar que lo que se proponen es eliminar los ejercicios de caligrafía, no de escritura. Los niños aprenderán a escribir a mano, pero no a perfeccionar la cursiva ni la escritura manuscrita. Minna Harmanen, del Consejo Nacional de Educación, reconoce que se trata de una importante transformación social, puesto que el ordenador se encuentra más ligado que el papel a la vida cotidiana de los niños.
En Estados Unidos, llevan tiempo con el experimento. Desde que implantaron los Common Core Standards en la mayoría de los estados. Los alumnos trabajan la escritura hasta los siete años y se les exige que sea legible y, a partir de esa edad, los profesores se ocupan de que aprendan a teclear lo más rápido posible. En el resto, el aprendizaje de la escritura manual en la escuela es opcional, a pesar de que las experiencias pilotos del “todo digital” llevadas a cabo en “liceos del futuro” de Filadelfia han tenido resultados catastróficos.
Un estudio canadiense publicado en agosto 2013 en Computers & Education ha denunciado los efectos negativos que el sólo uso de la pantalla acarrea en la memorización y concentración de los estudiantes, a partir de un test realizado con alumnos en el que unos tomaban apuntes a mano y otros en su portátil. Quizá sea porque la escritura a mano implica un movimiento fluido, casi sin interrupción, lo que provoca que el pensamiento se vuelva también fluido.
En Franciael debate acaba de empezar. La gente todavía escribe a mano. En 2103 se vendieron siete tarjetas postales por persona y año, frente a las ocho de la década de los 90. La escritura manual ocupa un lugar importante en la tarea diaria de los alumnos. Si bien los niños utilizan cada vez más los dispositivos electrónicos, los exámenes se escriben casi siempre a mano. Salvo raras excepciones de aprendizaje precoz con el teclado, los chavales dedican mucho tiempo a aprender el abecedario y a trazar las letras. De hecho, muchos jóvenes continúan elaborando sus fichas a mano, ya que eso les ayuda a sintetizar y a memorizar.
Enrique Dans (profesor de Sistemas de Información en IE Business School desde el año 1990) no tiene ninguna duda a favor de la tecnología: “En la educación, junto con la caligrafía, deberían caer muchas cosas más. El uso del papel, por ejemplo, debería reducirse hasta convertirlo en algo residual. Los libros, como ya he expresado en otras ocasiones, deberían ser sustituidos por la red, por repositorios de conocimiento interconectados y por la enseñanza del razonamiento crítico que permite cualificar fuentes de información, porque no se puede enseñar a los niños que el conocimiento está en un soporte cerrado entre dos tapas de cartón”.
Pero los estudios científicos parecen decir otra cosa. Investigadores de la Universidad de California han comprobado que escribir a mano obliga al cerebro a trabajar a pleno rendimiento, lo que fomenta la creatividad y mejora la comprensión. El aprendizaje caligráfico trae consigo de forma implícita dos características que ayudan a la adquisición mental del lenguaje: la direccionalidad (camino que sigue el bolígrafo para trazar la letra) y la fragmentación (la separación de palabras).
Estudios neurológicos y psicológicos posteriores sobre los procesos de aprendizaje han determinado que el cerebro se relaciona mejor cuando se escribe a mano que cuando se hace en un teclado. La investigación llevada a cabo por Karin H. James y Laura Engelhardt de la Universidad de Indiana deja claro que el procesamiento de las letras en el cerebro se realiza de forma más adecuada cuando estas se escriben a mano.
Cuando se usa el bolígrafo, la mente lleva un ritmo más lento, lo que hace que se comprenda más lo que se escribe y, por lo tanto, se asimile y permanezca en la memoria. Esto queda corroborado por otro estudio realizado por dos científicos psicológicos ─Pam Mueller de Princeton y Daniel Oppenheimer, de la UCLA─ y publicado en Psychological Sciencelos estudiantes que cogen apuntes por ordenador realizan la acción maquinalmente, copian tal cual lo que oyen, pero no lo digieren, aunque los autores de este artículo lo hicieron a mano en su momento y sólo adquirieron conciencia de lo que habían copiado cuando los pasaron “a limpio”.
En general, muchos de los beneficios de escribir a mano derivan simplemente de la mecánica de trazar letras. William R. Klemm (profesor de Neurociencia en la Universidad de Texas) dice que la escritura en cursiva hace a los niños más inteligentes: “Mediante el aprendizaje de la escritura en cursiva, el cerebro desarrolla una especialización por áreas que integra la sensación, el control del movimiento y el razonamiento. A diferencia de la escritura en el teclado y la práctica visual, según estudios de tomografías del cerebro, diversas áreas del cerebro se co-activan durante el aprendizaje de la escritura en cursiva”.
Como todas las discusiones de este tipo, al final será la evolución de la sociedad y de la tecnología la que sentencie. Nosotros, quizás por una visión romántica del tema, pensamos que la enseñanza de la letra cursiva no desaparecerá, sino que alternará con la tableta y el ordenador, aunque sólo sea por seguridad, ya que los dispositivos electrónicos fallan a veces o carecen de cobertura. Pero no cabe duda de que la tecnología está a nuestro servicio y tiene mucho que aportar al aprendizaje de las habilidades que el ciudadano requiere para tener un sitio en la sociedad.

lunes, 24 de agosto de 2015

LA FECHA PATRIA DE LOS ESCRITORES ARGENTINOS

Hoy se conmemora el Día del Lector en homenaje al nacimiento de Jorge Luis Borges.

"UNO NO ES LO QUE ES POR LO QUE ESCRIBE SINO
  POR LO QUE HA LEÍDO" 

Gracias, maestro por todo lo que nos diste!!!

sábado, 15 de agosto de 2015

UNA SIMPLE ESPINA del libro Esa obstinada Costumbre de Morir

UNA SIMPLE ESPINA
            Hacía una semana que no lo veía. La separación había sido terrible, como suelen ser todas, pensaba: recriminaciones, insultos, amenazas y pase de factura por años de mala convivencia. Recapacitó que no tenía sentido tener miedo, que era un hombre como cualquiera, herido en su machismo. Estaba segura de no querer continuar con esa vida. Ya no más, se repetía. Contaba con el apoyo de Fabián pero a la vez, muy adentro, su corazón le susurraba que aún sentía algo por Darío. Al fin de cuentas, era el padre de sus hijas.
            Cuando la llamó para tomar un café, trató por todos los medios de negarse. “No quiero verte mássólo en el juzgado”, aclaró. Pero siempre había sido un seductor, un manipulador; implorando, le dijo que necesitaban terminar bien, por las chicas.
            Lo esperó en una confitería del centro. Darío apareció quince minutos tarde con una sonrisa impostada y una rosa. Se la ofreció sin sentarse. Ella mostró resistencia: no quería regalos ni promesas. “Lo último, para que no me olvides”,  dijo él. La recibió sin ganas, quitándole importancia; descuidada se pinchó con una espina húmeda, sangró y se llevó el dedo a la boca.

            En diez minutos el cianuro hizo su trabajo. “No vas a ser de otro, nunca”, había gritado cuando ella decidió por fin salir de la casa. Tuvo razón.



jueves, 6 de agosto de 2015

VENCIMIENTO (otro cuento del libro Esa Obstinada costumbre de morir)

VENCIMIENTO
El tic-tac cansino del despertador denuncia sus pilas gastadas. El cuarto  está frío. Mis pies también. Hoy no quiero abrir los ojos. El acolchado me amortaja. Ni una pequeña rendija en la persiana permite entrar luz a la habitación. El gato, que siempre salta sobre mí pidiendo el desayuno, ya desinteresado, ronca bajo la cama como un perro. Mi cuerpo persigue los restos de un sueño en el que termino de preparar las valijas. Un aroma ácido impregna el cuarto a oscuras y descubro en mí una saliva lentamente espesa y amarga. Como todos los días, mi mujer entra para correr las cortinas. Todo sería natural si  no apareciera. Un sol a rayas va inundando el dormitorio. Ella, todavía en pantuflas y camisón me da un beso prolongado y un buendíamiamor que parece llegar desde un grabador defectuoso. Tras mis párpados cerrados vislumbro su desconcierto, me destapa, apoya el oído sobre mi pecho, la escucho gritar con voz desconocida, me sacude, me da cachetadas y me insulta como nunca antes.
            Ahora se arrodilla y llora. El despertador se detuvo a las 7.  Mi corazón también.



lunes, 27 de julio de 2015

TÁNATOS Y EROS

TÁNATOS Y EROS
El Hospital Interzonal se había convertido, en sólo dos horas, en un verdadero pandemónium. Los heridos llegaban casi arrastrándose o acompañados de amigos y familiares; enseguida, fue claro que las camillas y los insumos  iban a ser insuficientes.
La bomba estalló en el corazón de un concurrido shopping el sábado a las seis de la tarde. La Dirección del Hospital convocó al personal médico, de apoyo logístico, instrumentistas, sin olvidar al equipo de la morgue. Todo aquel que no estuviera de guardia debía presentarse.
Las sirenas no cesaban de sonar, los televisores de las salas de espera transmitían minuto a minuto, vívidamente, lo que aún estaba sucediendo.
Cientos de personas sufrieron el ataque terrorista. Algunas fueron llevadas a clínicas particulares; las que estaban inconscientes o no tenían cobertura, eran transferidas de inmediato al Interzonal.
Facundo y Soledad cumplían guardia de cirugía esa tarde. Pero no se enteraron sino hasta media hora después de que comenzaran a llegar los heridos. Encerrados en el cuarto de descanso, los jadeos silenciaban los gritos.
Muerte y vida se conjugaban en el enorme edificio.
Una vez vestidos, dejaron la habitación y se entregaron al fárrago de llanto y sangre. Dos días y sus noches tardó en aplacarse la crisis.

Al tercer día, más o menos a las seis de la tarde, ojerosos y agotados, volvieron a encerrarse en el cuarto de descanso.

ANIVERSARIOS

En el aniversario del nacimiento de ROBERTO ARLT y ALDOUS HUXLEY

jueves, 23 de julio de 2015

Nostalgia

Nostalgia
© David Gómez Salas, el Jaguar.

Por temor a no poder
evitar que la olas mueran
las dejé de ver.

Pero las olas solo se acuestan
y se vuelven a levantar.
Nunca mueren, siempre están.

Tu recuerdo nunca se fue
sigo pensando en el mar,
No te dejé de ver.

Aún sin volver al mar,
me fue imposible olvidar lo amado.
Ausencia de ausencia, fue.

miércoles, 22 de julio de 2015

Tormenta

Tormenta © David Gómez Salas

El viento dobló los pinos,
y sacudió los pirules con violencia.
Los frutales se veían indefensos
al inicio de la tormenta.

Después llegaron los
relámpagos
con desfasados truenos.

Inició la tormenta
con toda furia del cielo,
cayeron ríos de agua,
se inundó el suelo.

Crujieron los árboles
al desgarrarse sus ramas y troncos
Las corrientes arrastraron piedras y lodo,
se llevó la tierra vegetal
y asomó el tepetate duro y bronco.

Terminó la tormenta pronto,
En el semidesierto, así es el destino,
la naturaleza edifica lentamente
y le da un final repentino.

Al terminar la tormenta
suspiré y mire al cielo.
Un cielo ofensivamente
limpio...

viernes, 10 de julio de 2015

EL GUARDIÁN

Y sigo regalándoles mis cuentos: Del libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

EL GUARDIÁN
            La veo entrar, cansada, después del trabajo en su bufete de abogada de la 5º Avenida. Aunque estoy acurrucado bajo el sillón del hall, veo que su maquillaje ya no puede ocultar las ojeras de un día complejo. Mariana va a la cocina, se sirve un jugo y galletitas y luego prepara su acostumbrado café negro. Lynn suele venir minutos más tarde: el tiempo suficiente para que ella descongele alguna comida al terminarlo. Abre la botella de Chablis y la lleva al living: pone música.
            Apaga el celular y lo abandona sobre el audio; se queda mirando por el ventanal el puente de Brooklyn que, separándola de Manhattan, le asegura una horas de descanso y tranquilidad.
            Mira el reloj y pone sin apuro la mesa para dos. Me llama. No me muevo. Tengo miedo. Empieza a buscarme, extrañada. Se encoge de hombros. Sabe que nunca me escapo.
            Vuelve a la cocina y yo me escondo más, estrechándome todo lo que puedo, que no es mucho. Sigue llamándome. Mudo.
             Mira sorprendida el saco de Lynn, colgado en el perchero de la entrada. Es curiosa. Revisa los bolsillos y descubre el celular. No puede evitarlo. Recorre los últimos mensajes de voz y escucha: “Susan… sí, hoy se lo digo… se terminó, ¡te lo juro! Tranquila, tengo los pasajes… ¡Te amo!”
            Mariana tira el celular y sube las escaleras. Supone que él  estará recogiendo sus cosas. En el rellano patea un bolso.
            Salgo de mi escondite. La sigo. Él yace destrozado sobre la cama.
            Soy un rottweiler. No permito que a mi dueña la abandonen.





             

viernes, 3 de julio de 2015

FUERA DE PROGRAMA

Para todos un cuento más de mi libro ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR. Gracias por leerlo.

FUERA DE PROGRAMA
            Era sin duda una pianista magistral. Sus pequeños dedos se posaron en el instrumento por primera vez a los cuatro años y ya nunca se separaron. Los mejores profesores de su Irlanda natal protagonizaban contiendas para ser elegidos como tutores. Era tal su prestigio que pagaban para enseñarle; mejor dicho, perfeccionarla.
            Los padres de Molly eran gente sencilla que no entendía nada de música y que, por esas cosas de la vida, habían guardado como una reliquia el piano de la abuela. Estaba ubicado en la estancia principal de la modesta casa: casi en la penumbra, bajo una luz indecisa que penetraba por la ventana a través de un cortinado de voile.
            La oscuridad era su aliada porque Molly sufría de progeria, envejecimiento prematuro, y contra todo pronóstico, había sobrepasado los treinta años: tenía rostro arrugado, el mentón retraído, los ojos saltones y la nariz en forma de pico, había comenzado a caérsele el cabello y estaba perdiendo las pestañas y las cejas;  de baja estatura, tenía una cabeza grande para el tamaño del cuerpo, el torso estrecho, el abdomen un poco abultado, la piel seca y delgada. Sufría de artritis pero sus manos, su tesoro y el tesoro de todos los que la escuchaban, eran largas, estilizadas y hermosas. Distaba mucho de ser agradable. Sin embargo, escucharla era entrar en un éxtasis de sonidos.
            En medio del derrumbamiento físico generalizado en que se resumía la vejez, su virtuosismo era testimonio dolorosamente irrecusable de la persistencia del carácter y de la voluntad. Permanecía aislada, preservándose de las críticas o cuchicheos. Incluso las salas de concierto donde ejecutaba, se mantenían en sombras. Sólo un foco cenital alumbraba el teclado y sus manos. La orquesta debía acostumbrarse a acompañar como si fuera un conjunto de ciegos.

            Carnegie Hall, 23 de Diciembre de 2010. El programa anuncia las tres obras consideradas particularmente más difíciles: Los trece Poemas sinfónicos de Liszt,  el Concierto para piano y orquesta Nº 2 de Prokofiev, para finalizar con Gaspar de la Nuit de Ravel.
            Sala llena, gente parada en Paraíso. Apabullados y en arrobamiento más de quinientas personas siguen las manos de Molly sintiendo que se encuentran en una especie de Edén. Todos saben, pero nadie comenta. Los aplausos se mantienen durante más de media hora al finalizar las obras de Liszt. Molly sale y se cambia el vestido mojado por la transpiración. Prokofiev le otorga casi cuarenta y cinco minutos de ovación. Ataca  "Ondine" y "Le Gibet" de Ravel, con energía y dulzura y, antes de comenzar "Scarbo", se escuchan repentinos silencios como espacios huecos. La partitura se deshace como un collar de perlas roto.
            Todo el mundo, intolerante, comienza a murmurar. La música es reemplazada por el ruido de voces, algunos zapateos impacientes, el sonido extraño de las ropas al rozarse, las palmas de fastidio.
            Nadie percibió en la oscuridad las lágrimas que brotaron de los ojos de Molly, la grande. Nadie pudo escuchar la queja suave que partió de su corazón, mientras iba desplomándose sobre su único amigo, el piano.




jueves, 25 de junio de 2015

AL FIN Y AL CABO SOLAMENTE UN HOMBRE

Para todos, otro cuento de mi último libro "ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR"

AL FIN Y AL CABO, SOLAMENTE UN HOMBRE
Ella desliza con facilidad el anillo con la piedra negra que su padre llevó durante sesenta años. La alianza de oro hacía tiempo había sido desechada.
Lleva horas observándolo. Fijamente, hipnotizada. Intenta descubrir un leve movimiento facial, quizás una ceja que se levanta o ese ir y venir lateral de los ojos bajo los párpados cerrados: algo que pueda revelar un sueño. Pero nada. Los brazos de ese hombre descansan extendidos sobre la manta a los costados de un cuerpo oculto que ella imagina bien.
Su quietud le resulta exasperante.
En las tres semanas que pasó en la clínica geriátrica, sentada incómoda en una silla dura, él ha perdido mucho peso, sus huesos tienen mayor volumen bajo esa piel marmórea, traslúcida y floja.
Las horas pasan lentas y lánguidas.
Ese ser no parece el que le diera la vida y al que conoció durante cuarenta años: enérgico, agudo, austero, sofista obsesivo, violento. Permanece en coma profundo desde que lo trajo del hospital, y le resulta un extraño.
La enfermedad, simplemente ocurrió.
Ella trata de recordarlo vivo, aunque aún no ha muerto. Pero le es difícil: un cuerpo amortajado por la ropa de cama, dos brazos inmóviles, una cabeza conectada a un respirador artificial que retrasa su muerte con un gemido neumático; el aparato de líneas en movimiento, con ondas y picos débiles, marca el lento ritmo del corazón con un  pip acompasado de fondo; el parante de hierro sostiene las vías de hidratación y morfina con su goteo interminable, y una bolsa que recoge las deyecciones, sobresale al otro costado.
Este ser humano casi artificial no es su padre.
El hombre que fue, ahora descarnado e inerme, le había hecho prometer que antes de que le tuviesen que cambiar pañales, por favor, lo matara como sea.   La hija mira en el balconcito de la habitación, tras la ventana, el rosal que trajo de la casa y que resiste las primeras heladas.
Una historia se va diluyendo.          
Él padre había sido su ídolo y su peor pesadilla. Le enseñó todo: lo bueno y lo malo. Y la formó rebelde, ambivalente, partida entre dos mundos –el de la madre y el del padre- que sólo se unían para chocar. Recordó también alguna que otra demostración de orgullo sin importancia frente a las tantas humillaciones cotidianas.           
Lleva tres meses de un cáncer agudo y terminal de huesos. Típico de alcohólicos, dijo la oncóloga. Y eso le produjo  alivio: ella no es la culpable a pesar de todo el rencor acumulado. “Maltrató tanto a mi madre que ella también enfermó de cáncer por no haber encontrado otra salida; cincuenta y tres años: tan joven para morir”, piensa.
Mientras, comienza a llover. Y llueve como si fuese un día cualquiera. “La naturaleza no entiende de emociones”.
Se debate entre desconectar el respirador o aumentar el suministro de morfina. Él se lo había pedido, sí. Pero también se lo merece: marcó su vida para siempre aquella noche, cuando a los trece años, ese cuerpo ya indefenso, se tiró sobre ella y le silenció la boca rompiendo su inocencia.
Un trueno la trae del pasado.
Lo había odiado y lo había amado intensamente. Ahora es una cáscara a merced de médicos, enfermeras, mucamas. Y a merced de ella.
Se asoma al pasillo y ve que el box de enfermería está desierto. Regresa junto a la cama. ¡Te quiero, papá! y, decidida, su mano trémula desconecta el respirador tan solo un instante, el suficiente como para registrar que el soplo de los pulmones, casi imperceptible, desaparece. Le besa la frente y murmura: Te perdono y adiós.
Ya no hay latidos en su cuello. Vuelve a conectar el respirador y se sienta a llorar. Minutos después, pulsa el timbre de enfermería.
Una biografía ha terminado. Cubrirán el rostro y una tarjeta con su nombre colgará de un dedo del pie. Después la morgue y lo antes posible, cenizas.  

            

viernes, 12 de junio de 2015

DOS LOCOS LINDOS

DOS LOCOS LINDOS
Mi tío Julio era “un loco lindo”, ¿vio? Yo quería parecerme a él cuando fuera grande. Mire la foto que nos sacaron una vez a los dos, él con 40, yo de 15… ¿No parecemos hermanos? Resulta que la familia conocía cosas de las que no se hablaba, y estaban de acuerdo en que loco era, pero no lindo, más bien peligroso. Para mí fue una especie de justiciero. Decían que había estado en un loquero por un tiempo para evitar la cárcel. Por cuestiones de burros. Quisieron matarlo y él se defendió clavándole, a un flaco, un puñal en el hígado. Sentenciaron: locura, y así zafó ¿vio? Para mí era un tipazo; vagabundo, sin ataduras, de buen humor; ¡déle plata y regalos para los chicos de la familia! ¡Nunca lo vi encerrado! Un día fuimos a visitarlo  a su casa; tenía una pared llena de armas de todo tipo: escopetas, revólveres, arcos y flechas, jabalinas, rifles, dagas, cerbatanas. Lo que se le ocurra. Todo traído de sus viajes como explorador y buscador de oro ¿vio? Y nos contaba historias en las que él salía bien parado y los demás, muertos. Otras historias, si las había, se las guardaba bien guardadas.
Yo también me llamo Julio. (Y ya que me preguntó, estoy en el Borda por equivocación). La familia dice que soy lindo como él, por eso antes de que me metieran acá, hace dos años, me gastaban: ¡Andá… loco lindo! A mí no me hace ni fu ni fa, ¿vio? Al contrario.
Las cosas de que se acuerda uno, ¿no? Cuando el tío murió, ¿sabe que lo mató un colectivo que cruzó en rojo?… ¡qué absurdo! en el diario salió que el explorador de la selva había caído en una esquina del Bajo Flores. ¡Una cargada! Como le decía, cuando el tío murió, yo me encargué de las armas. Deshacete de todo, dijo mi vieja. Pero yo me acordaba de cada aventura y se me estrujaba el corazón, ¿vio?
Todos los que él había mandado al otro mundo: los indios del Amazonas, los watusi del África, los jíbaros del Ecuador, el pirata de las Antillas, los dos bandoleros de Turquía, el mafioso siciliano, todos, aparecieron en mi casa a reclamar. Y yo no tuve más remedio que devolverlos uno a uno, matándolos otra vez… ¿Cómo se les ocurría? Mi tío era hombre de una sola palabra, un solo tiro, un solo navajazo ¿vio? ¡Qué ídolo!
Cuando él vuelva, porque yo sé que va a volver, me va a sacar de acá. Anduve matando colectiveros, sí. Y al que lo arrolló, también. Tenía que hacer justicia. Por eso me dicen El Zorro. Escúcheme bien. Estoy en el Borda por equivocación. Para mí, yo tendría que estar en la cárcel, ¿no le parece, don Robin Hood?
           

 del libro: ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

jueves, 4 de junio de 2015

PASEANDERAS

DE : ESA OBSTINADA COSTUMBRE DE MORIR

 PASEANDERAS
              Desde hace años, ELLA acostumbra sacar a Boopi, su perrita, a la mañana y a la tarde. Boopi fue pisada hace un años por una bicicleta, -mejor dicho por un ciclista-, y quedó paralítica de las patitas traseras. Por eso su ama es la única que camina: la perra va cómodamente sentada en un cochecito de bebé. Son las siete de la tarde. ELLA recorre la playa muy junto al agua, despaciosamente, con pasos a veces cortos, a veces largos. Pero siempre lento y descalza. Le gusta concentrarse en lo que hace: apoya primero el borde posterior del talón, luego el borde exterior del pie; enseguida la almohadilla del metatarso, y por último los dedos, mientras el resto del pie ya está en el aire. Después presta atención al otro. Le contaron que a eso se llama meditación activa. De verdad resulta interesante y por alguna suerte de mimetismo, su perra lhasa permanece quieta admirando el mar. En ese instante atemporal para ELLA sólo existen las manos que toman el carro, sus pies, la arena húmeda, el viento en el rostro, y por el rabillo del ojo la luminosidad del agua y el tostado de la espuma acercándose, cuando empieza a atardecer.
Mira el reloj de oro que le cuelga del cuello, único recuerdo de su madre, y pregunta: ¿Caminamos un poco más? ¡El atardecer es tan lindo! Una mirada de mudo asentimiento de Boopi y decide caminar otros 30 minutos. Ya recorrió dos veces los cien metros que separan ambos muelles. Siente el pecho abierto y libre, la cabeza y los hombros relajados y un bienestar absoluto que le recuerda que en ese momento es feliz. Sin embargo, sus huellas son más profundas que las de días atrás y empujar el cochecito le implica gran esfuerzo. La arena está revuelta por el tormentón de anoche y, aunque no le gusta admitirlo, ELLA se agregó uno o dos kilos después de la fiesta de Nochebuena. Todo esto le hace pesado y menos libre el andar. Intrigada, observa que casi no puede empujar a Boopi, porque las ruedas, casi enterradas no rotan, tiene arena húmeda en las pantorrillas…y descubre desconcertada que cada vez se hunde más y más.
             A la madrugada siguiente, extrañado por unas huellas que el mar aún no borró, el joven buscador de oro verá cómo el aparato detector de metales se clava de repente justo ahí.
              El reloj de oro pasará a ser propiedad de otra familia como trofeo secreto e insólito, y de ELLA y de Boopi no se va a saber nunca nada más. Sus amigas comentarán que es como si se las hubiera tragado la tierra.


miércoles, 27 de mayo de 2015

PABELLÓN DE LA MUERTE: un nuevo cuento de Esa Obstinada costumbre de morir

PABELLÓN DE LA MUERTE
6 de Agosto de 1890. Prisión de Auburn, New York, Estados Unidos.
Acaba de terminar su comida, la última. Pidió costillas de cordero con puré de batatas. Dos botellas de cerveza y un puro. No hubo problemas: todo exquisito. El cura parecía muy ansioso de conversar. No obstante, lo dejó con las ganas; no tiene nada que ver con él y sus creencias.
Son las ocho de la noche y le parece que una siesta de una hora le hará bien.
Más tarde, cree que es tiempo de pensar en todo lo que no hizo durante siete años en prisión. Quizás le encuentre sentido a su vida, ese sentido que nunca se le manifestó.
Imagina qué  habría hecho de no haber matado al hombre. Tal vez conocer una mujer y tener algún hijo, terminar sus estudios, comprar una casa con jardín, tener perros, viajar a Louisiana y conocer el lugar donde nacieron sus padres. ¡Tantas cosas podría haber logrado en esos siete años! reflexiona.
Él no había querido asesinar a ese viejo. Había entrado en la vivienda a robar, nada más. Pero su víctima, ex policía,  sacó un arma y él no tuvo más remedio que usar la suya. Nunca había disparado. No había tenido necesidad. Pero la falta de trabajo y el hambre, lo llevaron de las aulas a la calle y ya estaba cansado de mendigar. Se asustó. Sabía que iría a la cárcel si lo descubrían y en la oscuridad bajó al sótano y encontró un hacha. Desesperado, descuartizó al muerto y lo metió en bolsas de residuos. Con su ropa ensangrentada,  cargó los sacos en el coche del viejo y lo empujó al río Mohawk hasta que desapareció bajo el agua. No imaginó que la suave corriente lo arrastraría a la costa dos días después. Tampoco, que había un testigo: una viejita de anteojos que observaba tras las cortinas desde la casa de enfrente. Él no la había visto. De otra manera también hubiese tenido que matarla.
El gran evento tendrá lugar a las cero horas un minuto, ni un segundo antes, ni un segundo después.
Cintas oscuras como retazos de mortaja negra lo van rodeando. Sabe que las recorren finos hilos metálicos. El sillón de madera es grande, más parecido a un  regio trono que a un asiento mortal.
Rodeado de cinco personas se siente atendido como si fuera un niño pequeño. ¿Cuándo lo habían tocado con tanta dedicación? Ni siquiera al recibir el puntazo en el patio de la prisión por resistirse a formar parte de una de las camarillas. La verdad es que no comprende por qué son tan delicados para amarrarlo con esas tiras. Que no deseen lastimarlo antes de que la corriente eléctrica circule a través de su cuerpo es irónico. A final, el cuidado que jamás le habían dado sus padres ni tampoco los adoptivos, lo recibe de sus verdugos.
Diecisiete pasos desde la celda por el camino final, sus muñecas y sus tobillos encadenados. Muy a su pesar, el cura fue leyéndole los Salmos. Caminaba sereno. Sabía que era culpable. No obstante ahora, sentado en la silla, una débil esperanza lo mantiene atento al aviso de indulto que puede salvarlo.


El mensaje no llegó. Al minuto después de la medianoche, el verdugo bajó la palanca y la silla eléctrica funcionó por primera vez en la historia. Su nombre pasaría a la posteridad: William Kemmler, un blanco. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

El ser humano y el gobierno

EL SER HUMANO Y EL GOBIERNO Por: David Gómez Salas

Originalmente el ser humano se organizó en grupos, integrando tribus, para defenderse de los peligros que representaban los animales salvajes, y para protegerse y auxiliarse ante fenómenos naturales como tormentas, inundaciones, terremotos y periodos de sequías. Para evitar desastres y calamidades por estos fenómenos. Por siglos, el ser humano se fue organizando para formar mejores estructuras sociales, primero para sobrevivir y satisfacer las necesidades básicas de alimentación, vivienda, vestido. En otras palabras comer, y protegerse del clima y los animales.

El crecimiento de los centros de población, el comercio y el desarrollo industrial obligó a que los seres humanos establecieran formas de gobierno que dieran mayor seguridad a la propiedad privada y que permitieran proteger y conservar los bienes públicos; asimismo para alcanzar mayores niveles de educación, cuidado de la salud, cultura, diversión, deporte, desarrollo científico y tecnológico, etc.

 La sociedad se organizó bajo diferentes esquemas de gobierno.  Algunos sistemas dieron más importancia al bienestar colectivo y otros a las libertades individuales; pero siempre la sociedad ha buscado organizarse para alcanzar mayores niveles de bienestar. Sin embargo, la ambición del hombre en el poder ha llevado en muchas ocasiones a intentar crear sistemas de gobierno dictatoriales, para mantener sus privilegios toda la vida, e incluso para heredarlos. Lo malo es que lo ha logrado varias veces. Esto se ha observado históricamente en jefes de tribus, monarquías, gobernantes golpistas, líderes religiosos, líderes obreros, partidos políticos, caciques, sistemas parlamentarios, empresarios, banqueros, familias políticas, grupos delictivos, etc.

La población mundial creció en medio de la ambición de los gobernantes, que llevaron a crear pugnas entre regiones, países, entidades, condados, etc.

La lucha por poseer los recursos naturales, tales como: las mejores tierras para la agricultura, zonas forestales, ríos y acuíferos, esteros y mares ricos en fauna y flora, yacimientos de petróleo y minerales (oro, plata, cobre, uranio), esta lucha se ha dado en todos los niveles: mundial, nacional, estatal, municipal, ejidal, colonia urbana, etc.

Proteger al ser humano ante los fenómenos naturales como sequías, tormentas, inundaciones, terremotos, pasó a segundo término. Los gobiernos históricamente invirtieron (e invierten) en guerras y reparación de daños de estas, cuando son potencias guerreras y económicas; en mantener cuerpos represivos para mantenerse en el poder, cuando son países pobres; y la mayoría de países (pobres y ricos), en favorecer a los grupos de poder.

Poco se ha avanzado en el almacenamiento de agua para mitigar las sequías; tampoco se ha avanzado en el control de las avenidas (corrientes) de los ríos, en el control de inundaciones, y en promover que los centros de población se ubiquen en zonas con menores riesgos de desastres por fenómenos naturales; a pesar de ser problemas que se conocen históricamente. Por lo que desafortunadamente seguirán presentándose en los medios de comunicación, noticias sobre estos desastres.

La Enciclopedia Sopena dice lo siguiente: Gobernar- Guiar, dirigir, regir, conducir, administrar, brindar servicios públicos, mandar. Gobernante- El que gobierna, el que se mete a mangonear, dirigir o gobernar algo. El subcomandante Marcos dice: Gobernar es mandar obedeciendo, y el gobernado obedece mandando. Bajo este romántico punto de vista, el gobernante, debe mandar obedeciendo a los ciudadanos a quienes pretende servir, y reconocer que ciudadanos y gobierno pertenecen al mismo grupo social, que se ha organizado temporalmente de cierta manera.

Actualmente los ciudadanos no cuentan con los medios legales para participar activamente en la definición de las normas de gobierno y en la vigilancia de su cumplimiento, hacen falta instrumentos legales como el Referéndum, procedimiento por el que se somete al voto popular la aprobación de leyes o actos administrativos. Sin embargo, existe un marco legal que, aún cuando debe perfeccionarse, representa garantía de respeto a los derechos ciudadanos. Hay que apegarse al marco legal, y así crecerá la cultura de confianza en la legalidad. El bienestar colectivo y los derechos individuales, estarán sobre la ambición personal, el autoritarismo y el influyentismo.

En una ocasión, un ciudadano de experiencia decía que para ocupar el  cargo de administrador de un condominio comercial, gerente de una empresa ó líder de un gremio, debíamos seleccionar a una persona con relaciones en el gobierno; con palancas, resaltaba. No pude, ni puedo compartir su punto de vista. Yo apuesto por la preparación académica, por la dedicación, por el esfuerzo, por la legalidad, por la tecnología, por la creatividad; pero sobre todo como decía un maestro, “Por el deseo de ser”, pues para ser buen medico hay que desear serlo y eso significa comprometerse a sanar al enfermo.

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos