Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



domingo, 29 de diciembre de 2013

VA UNO DE AMOR...

CUESTIÓN DE GUSTOS

            Ludmila está harta de esa música. Nadie podía decir de ella que era sorda, más bien todo lo contrario. Ama los sonidos y son su pan de cada día, por algo es compositora: enciende la radio ni bien se despierta, y se envuelve en jazz. Trabaja en casa, con su computadora, su piano, sus hojas pentagramadas, y siempre acompaña las inevitables tareas de la casa con las FM on line: prefiere las escandinavas e inglesas porque la música clásica la tranquiliza y la mantiene concentrada. Cuando termina, alrededor de las seis de la tarde, coloca sus preciosos vinilos en el tocadiscos, hasta que se acuesta.
            Sobreviene el calvario. Su vecino la perturba. El tumulto de su música heavy metal y rock pesado, se le mete como intruso en la oscuridad de su cuarto. Imposible dormir. Durante el día, su música, lagos y nubes pastando sobre el teclado. De noche, la de él, tormentas y erupciones volcánicas.
            El encargado del edificio le comentó que se llama Alan, es compositor y bajista de una banda: Los Rudos, o algún nombre así de mediocre. De día, duerme la mona, dijo. Y ella piensa que seguramente duerme también el ácido.
            Lo odia sin conocerlo; lo odia por lo que toca, lo odia porque desde que se mudó, hace un mes, no puede pegar un ojo.
            Con un oído contra la pared medianera, intenta descubrir algo más: cómo es, qué edad tiene, de qué color son las paredes del cuarto. Sabe que esto es imposible pero ejerce metódicamente la vigilancia del gato sobre el ratón. Total, el sueño ha desaparecido.
            Ya no puede trabajar tranquila, su mente está centrada en el otro lado. Del otro lado.
            Una tarde cualquiera, sale del departamento y mientras cierra con llave ve que Rudo (así lo llama para abreviar) también se dispone a tomar el ascensor. No puede volver a entrar, le parece que sería más que descortés, sería agresivo. De modo que yendo hacia el elevador aprovecha para mirar. No tiene más que un minuto pero observadora como es, desnuda una vertiginosa radiografía: no más de treinta años, casi dos metros de altura, castaño lacio, pulcro  y frugal por lo bien vestido y delgado. Nada de lo que imaginó.
            Él le da el paso para entrar y bajan juntos sin dirigirse la palabra. Al llegar a la pequeña escalinata que desciende a la calle, queda un escalón más alto que él. No sabe por qué, pero su brazo se extiende y apoya la mano sobre el hombro de su vecino (ya dejó de llamarlo Rudo porque el mote no le va). Él se da vuelta, sorprendido, y clava sus ojos vegetalmente verdes en ella. Paralizada, no atina más que a generar algunos sonidos embobados, al tiempo que su rostro se torna colorado. Tartamudea un "los dos somos músicos…me parece". La sonrisa de Alan se despliega con dulzura y le toma las manos: "¡vos sos la pianista!  Duermo y te escucho; me calmás tras las noches agitadas de rock". Ludmila cree que va a desmoronarse. Juró que después de Francisco no entraría ningún hombre más en su vida. Y ahora siente un pánico atroz. No puede retirar las manos, el mundo alrededor se nubla, su corazón galopa. "Sí, yo te escucho a la noche. No soy muy rockera pero… sé  que los dos componemos".

            Ya están los dos en la vereda y no se han soltado las manos. Alan y Ludmila caminan desde ahora, juntos. Luzmila no sabe por qué pero ahora le gusta el rock.

domingo, 8 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DEL PASADO

1940
            Vivíamos al lado de la única casita verde de la cuadra, separados por un jardín largo y angosto. Mi ventana daba a la suya, oscurecida por una pesada cortina de tela rosa, aunque traslúcida. De noche, después de que terminábamos de cenar; después de que rezábamos con mamá junto a la cama; después de que me preparaba para dormir; después de que ella cerraba la puerta de mi cuarto, me levantaba sigiloso y miraba a través de mis cortinas a lunares, hacia esa ventana inquietante.
            Ese era el momento en que la señoritaDulceDelia, mi maestra de 2° grado entraba a su dormitorio y empezaba un ritual incomprensible, pero que yo, maravillado, seguía cada noche: prender un velador con cristales colgantes de colores, sentarse frente a un espejo y con algo en la mano seguir las líneas de los ojos, de la boca, dar golpecitos en su cara; y al deshacer el ajustado rodete, dejar caer por la espalda una tormenta de pelo oscuro como la que yo nunca había visto antes y juro que nunca lo vería.
            Recuerdo que me restregaba los ojos llorosos de tanto mantenerlos abiertos.
            Al levantarse del asiento, se quitaba el saco con solapas, la falda gris y la camisa blanca y, como tantas veces había sorprendido a mi madre antes de tomar un baño, se quedaba con unas enaguas brillantes que desde los hombros llegaban hasta no sé dónde. Mirándose en el espejo, de pie, las dejaba caer al suelo.
            No podía creer lo que estaba pasando, y cuanto más fijaba la vista más aumentaba mi asombro. El color de su cuello y sus piernas me resultaba mágico, irreal. Entonces, se dirigía a un ropero con luna, lo abría y sacaba un vestido rojo que deslizaba con lentitud por su cuerpo. Siempre el mismo. De una caja tomaba una flor amarilla que abrochaba en su pelo, por sobre la oreja.
            Yo predecía estos movimientos noche tras noche, conociendo el orden, como el del libro de cuentos leído cientos de veces y del que un chico nunca se cansa. Me adelantaba, considerándome un adivino: “Ahora…te vas a servir un vaso con un líquido oscuro que hay en un botellón con tapa; ahora lo vas a tomar despacio en el silloncito mientras fumás un cigarrillo como los de papá; ahora…vas a prender la radio para escuchar música…” Me fascinaba saber el futuro.
            Algunas veces esa persona misteriosa que era mi maestra, se incorporaba al sonar un vals y con el vaso en una mano y el cigarrillo en la otra, daba vueltas y vueltas por el cuarto en penumbras. En otras ocasiones la perdía de vista.  Reaparecía y su risa me hacía temblar. Nunca había escuchado antes a alguien en soledad que riera de esa manera, libre y aparentemente sin motivo. Era extraño y al mismo tiempo lindo verla así. En la escuela jamás la había escuchado gritar y, cuando me tocaba, sus manos eran suaves como plumas. Sin embargo  aunque no parecía enojada se la veía siempre seria, como ocultando cierta tristeza.
            Una de esas noches, salió de la habitación. Al volver, apareció acompañada de un hombre. La luz se apagó y fue la primera vez que rompió la rutina.
            —¿Mamá, la señoritaDulceDelia es como vos? 
—No…ella no es como yo: ella no tiene ni puede tener marido, ella es un ángel de la guarda porque es una maestra; ella es tu segunda mamá y ustedes son como sus hijos.
            Pero la señoritaDulceDelia no tenía alas cuando se sacaba la ropa.
            Yo tenía un secreto. Un secreto enorme y magnífico: la señoritaDulceDelia no era un ángel ni mi segunda mamá. Era una mujer y nadie se había dado cuenta porque era imposible verla en otro lugar que no fuera la escuela. Después de las horas de clase desaparecía del mundo. No paseaba, no iba a tomar helado, no tenía amigas.
            Mis ocho años querían que todos supieran que la señoritaDulceDelia era como todas las madres, que le gustaba la música y bailar, y también hacía algunas otras cosas, como fumar y beber. En ese entonces yo quería casarme con ella cuando fuera grande.
            Después de hacer los deberes, una tarde le escribí una carta contándole lo que sabía y pidiéndole perdón por mirarla a la noche; que yo sabía que no era un ángel como creía mi mamá y que así la quería más. Que me gustaba su vestido rojo y su flor amarilla, y esas cosas…
            Al otro día en la escuela, le di el sobre antes de formar para izar la bandera. Mientras cantábamos Aurora me di cuenta de que la DirectoraEma se lo pidió antes de que lo abriera. Yo, inocente, estaba contento: todos se iban a enterar y la iban a premiar por ser tan buena sin ser un ángel.  Esperé todo el día a que me dijera algo. Supuse que había recibido una noticia triste porque se sonaba la nariz  todo el tiempo y tenía los ojos llorosos.
“Mañana me vas a contestar”
            Pero ese mañana no llegó. La señoritaDulceDelia no volvió al grado y trajeron otra maestra suplente. Llamaron a mi madre y a partir de esa noche, cuando me iba a dormir, cerraba los postigones de la ventana después de darme un beso. Pusieron un cartel de venta en la casita verde y nunca más vi a mi maestra.
            Hoy, setenta años después, todavía me arrepiento de no haber sabido guardar un secreto.
            —Bueno, ya te conté… Dale, ahora te toca a vos: hablame de la señoritaVerónica. Te gusta, ¿no? ¡Vamos…! ¡Soy tu abuelo! A mi podés decirme la verdad. Te prometo que queda entre vos y yo.
           



miércoles, 4 de diciembre de 2013

TRAS LA MÁSCARA

Tras la máscara

          De repente esa imagen me resulta extraña. Círculos verde claro como los de ciertos dibujos animados japoneses. Sin las pestañas postizas impresionan como cuadros futuristas, incomprensibles, enmarcados por unos finos arcos dibujados con lápiz negro que no acusan movimiento alguno. Viejas persianas, ahora abiertas con desmesura, sorprendidas. Nunca antes las vi llorando y ahora desprenden gotas densas, pegajosas y negras.
           Sobre el mentón distingo un rojo corazón de rouge, menos ancho que el dedo meñique, ahora manchado de negro y deformado. No sonríe, en cambio percibo el pavor. A simple vista, nadie puede saber si tras esa forma ridícula hay humedades o un vacío interminable y seco. Esa grieta cerrada se abre y estalla en monosílabos agudos tratando de ahuyentar el miedo.
       Arriba, y en esa imagen que dolorosamente se va transformando de a poco, un apéndice inmenso y carnoso con dos agujeros, de los que sobresalen descuidadamente unos finos pelos aún ardiendo de clorhidrato.       
       Dos óvalos heridos de plata 900 sobresalen a los lados de una forma casi calva sobre la que hace instantes descansaba una peluca pelirroja.
            El resto, blanco pálido, talcoso.

        Esa cara en dos dimensiones, hace apenas unos minutos la de un travesti, va a desaparecer en el momento en el que yo, mujer atrapada en cuerpo masculino, apague la luz del baño y deje de mirarme en el espejo.

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos