Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



domingo, 22 de septiembre de 2013

CONSPIRACIÓN

CONSPIRACION 
A vos creo que te puedo contar. Te estuve observando ayer y hoy, y sos muy callado. ¿Me dejás?
Se sienta junto al otro en un banco de piedra.
No hace mucho que me siento así. Andaba muy bien con mis vecinos…bah, por lo menos iba a las reuniones del barrio y las fiestas escolares. Formamos un grupo muy unido. Nos conocimos casi al mismo tiempo cuando nos trasladaron de diferentes partes de la ciudad. Iban a ser derrumbadas para construir una terminal de ómnibus nueva y una autopista. Nos hicieron un barrio cerrado de chalets con jardín y todas las comodidades. Te aseguro que nunca habría podido tener la casa que tengo, sino hubiera sido por esas construcciones. Al menos en ese momento Así que estaba contento y era parte como de una gran familia.
Prende un cigarrillo y le ofrece el atado al otro. Marcelo se encoge de hombros y guarda el paquete.
Pero todo empezó a cambiar cuando me di cuenta de que habían pisoteado las plantas del jardín. Me dolió. Ahí todavía no me daba cuenta ni quién me estaba atacando así ni por qué. Después de eso no dije nada más. Pero iba a estar atento. No soy pesado ¿no? De verdad necesito contarle a alguien todo lo que pasó y vos me inspirás confianza, me parece.
Se acerca más al otro en el banco y comienza a hablarle en voz baja.
Primero fueron las plantas, después faltaron algunas corbatas. Una mañana, mientras desayunaba, vi que alguien me espiaba por la ventana pero no pude identificarlo. Cuando volvía de trabajar, varias veces sentí pasos detrás mío. Se detenían al mismo tiempo que yo. Marta no me creía. Marta es mi mujer, ¿sabés? No daba vueltas. Decía que todo era mi imaginación.  No la culpé en ese momento porque siempre había confiado en ella. Pero empecé a estar ansioso y no podía dormir. Escuchaba ruidos, voces al lado de la ventana. Temblaba todo el día y ya estaba empezando a tener miedo, te digo la verdad.
            Marcelo mira una y otra vez hacia atrás, asegurándose de que no haya nadie más alrededor. Se levanta.
Hace dos semanas en la oficina, alguien me borró toda la tarea contable en la computadora. Ahí supe que los datos que tenía en casa eran importantes.
Se agacha y le susurra:
Descubrieron que yo escondía algo fundamental para la raza humana. Imaginate que pasé los últimos cinco años dándole forma a esta investigación, para llevarla a las Naciones Unidas. Se habían enterado y querían ganarme de mano para evitar la denuncia, ¡estos hijos de puta!
Vuelve a sentarse.
Este lunes pasado no, el anterior, en la oficina,  noté que el café que repartía Sarita tenía un gusto extraño. Decidí no tomarlo más. Por las dudas, ¿viste? En realidad, a esa altura comía nada más que lo que yo mismo me  hacía. No sabía cuántos eran pero ya sospechaba que estaban conspirando contra mí. Empecé a tener muchísimo cuidado de ahí en adelante. El jueves pasado decidí no contarle más de esto a Marta porque ya no era confiable.
Saca de un bolsillo la foto de Marta y poniéndosela frente a los ojos, le dice:
¿Ves la cara de sospechosa que tiene? Como me seguían, tomé la decisión de cambiar cada día de recorrido para ir y volver de la oficina. Los iba a despistar. Además, y ésta fue la última resolución, iba a viajar armado. Por si acaso… ¿me entendés? No me iban a agarrar desprevenido. Al final puse en el saco una sevillana y en el pantalón, un spray de pimienta. No soy tan estúpido como para que la policía me lleve por  un revólver. Con eso alcanzaba. Lo creí, te digo sinceramente. El viernes pasado… ¿ya hace una semana? ellos me robaron las armas en el subte. Me sentí  impotente. Además ya no tenía dudas de que Marta era parte de todo: estaba siempre vigilando lo que hacía o dejaba de hacer para informarlo. Así que cuando llegué a casa ni la saludé.
Marcelo rompe la foto que tiene en la mano. Guarda los pedazos en un bolsillo del pijama.
Me escondí en el cuartito de atrás y no pensaba salir para cenar. No podía ni verle la cara. Era una traidora. Serían las diez de la noche cuando me secuestraron y me trajeron acá.
Se queda un rato pensativo.
Vos sabés que los que estamos en este lugar somos rehenes. Estoy seguro de que todos tienen, como yo, secretos peligrosos. Ni te voy a preguntar el tuyo. No quiero saberlo. Ni tampoco lo que los demás investigaron. En cuanto a este lugar, todo es una gran simulación: los pabellones, los comedores, los tipos  disfrazados de médicos. Con los electroshocks, las duchas frías y las pastillas, tarde o temprano los demás van a aflojar. Yo no. Soy fuerte. Y me da la impresión de que vos también. Además, ayer miércoles, mandé una carta denunciando todo. No hace falta que te diga más.

El otro, en su autismo, sigue callado.

viernes, 13 de septiembre de 2013

ARTE TRANSFORMATIVO


            Mi mano deslizaba el pincel sobre la cartulina con esmero y calma. Hacía días que imaginaba esa acuarela apacible, decidido a reproducir el desierto de Arizona. Lo había recorrido durante horas hacía seis meses, después de una corta estadía en casa de mi madre en Phoenix.
            Como amaba el naturalismo, quería ser tan fiel a la realidad como fuese posible: la extensa planicie marrón, los altos cactus verdes, las pequeñas lagartijas y sapos cornudos, el sol abrasador. Y el silencio. Ese silencio largo e implacable que permitía escuchar con claridad los propios pensamientos. El mismo que desde hacía muchos años había logrado que reinara en mi estudio, el sitio donde me escuchaba a mí mismo, me serenaba y plasmaba mis pasiones.
            Al comenzar a pintar apaciguaba mi espíritu atribulado por una relación matrimonial de quince años que se estaba rompiendo con rapidez.
            Cada trazo simbolizaba algo de mi vida: la tierra solitaria, el deseo de asentarme en armonía; los cactus, mis hijos creciendo con solidez; el calor del sol, un ferviente anhelo de afecto.
            Mi mujer y mis hijos empezaron a gritar como siempre, pero por alguna insondable razón esta vez no podía abstraerme. No alcanzaba a oír las palabras pero sí reconocer el habitual tono recriminador de ella y las voces tiernas de defensa del menor.
            El clima de desastre aumentaba.
            Un temblor violentó mi mano e hizo correr sin control los pinceles cuyas tintas fueron oscureciéndose con angustia y apresuramiento.
            —No hay caso –pensé- Este desierto ya no será el mismo que he visto.
            Golpes en la puerta, voces in crescendo.
            Mientras, mi mano reemplazaba el amarillo del cielo con el negro; el color arenoso despejado de la tierra, con un marrón tan oscuro que casi no se distinguía; los cactus verdes desaparecieron y unas largas líneas fragmentadas de color plateado surcaron el cuadro en el momento justo en que forzaron la puerta y mi mujer dijo:
            — ¡Tu hijo se está drogando!
            — ¡La culpa es tuya por insufrible! Quiero el divorcio, y ¡ya!

Dio un portazo. Miré la pintura y sentí que me gustaba. Era la representación en detalle de mi estado de ánimo. Pensé que cuando ella ya no estuviera, podría plasmar el desierto que recorrí.

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos