Escritosdemiuniverso

Este blog es como ese universo que construyo día a día, con mis escritos y con los escritos de los demás para que nos enriquezcamos unos a otros. Siéntanse libres de publicar y comentar. Les ruego, sin embargo que lo hagan con el respeto y la cultura que distingue a un buen lector y escritor natural.



“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído…”
Jorge Luis Borges



sábado, 30 de octubre de 2010

PRESENCIA DE BUDA

Presencia de Buda


                                                                         

En las montañas, los maestros dejan que sus discípulos descubran entre las rocas los sonidos de la naturaleza. Aprenden así los sabores del sueño, la acción correcta y la palabra casi silenciosa que acerca a la iluminación. Tímidos, no conocen aún el placer de los cuerpos que se enlazan, ni el de los corazones que se prenden como abrojos. Luego los envían camino al lago escondido, donde el bote sin remos permitirá el encuentro de los cuerpos sabido desde siglos por los monjes. Acompañarán desde el monasterio oculto las nuevas miradas, también correctas, con acordes, voces y sones milenarios. Ellos, que hicieron votos para que sus propias naturalezas se transformen en luz, saben que buda también está entre las piernas enlazadas y el sudor sin nombre propio.

martes, 26 de octubre de 2010

DESPIADADO

Vivo desde hace tres años en un edificio de la calle Viamonte. Me sedujo su oscuridad y el mudo anonimato del centro de Buenos Aires. Doy Lenguas en un secundario de La Paternal, pero no me relaciono con compañeros y nunca hice amigas. Sin familia ni pareja, me consideré siempre una mujer solitaria y plenamente infeliz.


Aletargada por el calor húmedo de un febrero sin sol, a las 7 de la tarde decidí salir por un rato del departamento en el que durante tres horas, he estado preparando con prolijidad mi muerte: sobre la mesa dejé la botella de whisky recién abierta, los 40 somníferos desprendidos de su blister y el horno abierto y listo. Cuando comencé a llenar la bañera y mientras colocaba la hojita de afeitar en el borde, me invadieron impacientes deseos de comer helado de sambayón. Pensé que podía darme ese último gusto. Creí que no cambiaría mi vida ni menos aún mi futuro preestablecido. Cerré la canilla y pensé en regresar rápidamente. Somníferos, dos vasos de whisky, hoja de afeitar, adormecimiento con gas y hemorragia. Nada librado al azar.

Al salir me acordé del famoso Jardín de los Senderos y pensé: Soy una mujer cobarde. No sentí culpa ni vergüenza por eso. Como Yu Tsun me dije adiós en el espejo por última vez. Pero no salí como él a una calle desolada, sino a Florida, caminada con rigidez robótica por hombres y mujeres ausentes de sí mismos.

Esquivé a la gente que transcurría del trabajo al restobar, del shopping a su casa, del hotel al negocio. Personas para quien yo era nadie. Como tampoco para ninguna otra en la ciudad, en el país, en el mundo. Hasta ahora.

Caminé unas cuadras y entré en Freddo, la mejor heladería de la zona. Pedí el cucurucho más grande que hubiera. Quería que al tragar las pastillas, el oporto dulce pudiera tapar el sabor acre.

El deleite de un deseo en más de 6 meses, que no fuera la muerte, y el único cumplido en años, me cortó la respiración por un instante. El muchacho me dijo Está frío ¿no?, pensando tal vez que ese era el motivo de mi gesto de ahogo. Nos reímos, conversamos un momento de tonterías. Resultó muy simpático. Me invitó a tomar algo al cerrar el negocio.

Ahora, aquí sentada en una mesa de café, descubro una sensación nueva en mí, como si el corazón se me agrandara dentro del pecho. Estoy ansiosa. Volveré a casa a deshacer todo lo que preparé, darme una ducha y cambiarme de ropa. Hoy no puedo ni quiero negarme a la esperanza.

Nunca voy a tirar estas servilletas donde estoy escribiendo la única jornada importante de mi vida, hasta hoy. ¡Quién hubiera dicho que el sambayón provocaría un giro en mi destino!

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Adriana llegó a su departamento y prendió la luz. El gas del horno había impregnado el ambiente. Las hojas de papel sedoso fueron encontradas en un puño cerrado bajo la mesa convertida en cenizas.



“el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones”

El Sur. J. L. Borges

                                                                                         

domingo, 24 de octubre de 2010

domingo, 17 de octubre de 2010

CARTA A LA MADRE de VICTOR CLEMENTI (nos representa a todos)

Pa'la Vieja


A veces nuestro viejos, nuestro entorno, convence que somos especiales, únicos, exclusivos. Miman demasiado, y eso daña.

Luego la realidad, bien de sopetón, nos pega un puntazo. Cruel manera de enseñar que somos uno más, casi despreciables.

Entonces confundidos caemos a la decepción, antesala al dolor.

Ya nos soy el centro del Universo, Galileo tenía razón...

En ciertos casos, mutamos en algo que no previeron nuestros cultores. Poeta, por ejemplo, coleccionista de palabras y alguna que otra idea.

¨Tanto ingenio para escribir boludeces, y encima tristes...Pensar que de chuiquito quería ser doctor, cómo me cuidaba...Las malas juntas, la maldita marihuana...¨

¨Mamá, estoy bien...Los dos hablamos con fantasmas. Deberíamos perdonarnos. Que la memoria no haga caer en el resentimiento...Hay que aprender a morir. Vivir es fácil, los inocentes viven...

Ya soy gajo, dejé de ser promesa...Convencete vieja...¨



Te pido perdón por lo que no fuí.

jueves, 7 de octubre de 2010

CONQUISTADORAS

CONQUISTADORAS


Está sola, y además hoy se siente sola, lo que no es poco. Sufre el abrazo ausente, el beso de despedida, el mate compartido, la risa por el chiste malo de la tele. Todas esas cosas que añora sin haberlas tenido nunca. Y son de otros. Siempre lo fueron.

Su mal humor, su introversión, sus miedos y vergüenza hicieron de ella una solitaria sin remedio desde la adolescencia. No viene al caso el por qué. Sin familia, sin amigos, sin pareja. Eso sí: va a un taller de telar. Todo el tiempo restante lo gasta como cajera en un supermercado coreano del barrio, su pequeño departamento y un gato de angora, Minino, que ya tiene seis años y compró con un aguinaldo.

Entonces, ¿por qué hoy es distinto? Recuerda casi sin quererlo que es su cumpleaños número cuarenta. Nada especial. Nada para festejar. Es domingo a la noche, ya cenó un sándwich y una fruta. Ahora mira sin ver, oye sin escuchar uno de esos programas de juegos, superficiales y gritones, de la televisión abierta. Lo sabe y sin embargo es como si hubiese alguien más, eso es. Hoy necesita ruido, movimiento, algo… Abre una botella de cognac que tiene desde hace ya ni sabe cuánto, y se sirve una copa para acompañar el café a la turca que le enseñaron por Gourmet. Se da cuenta de que la combinación la hace sentir otra, distinta, extraña a ella misma. Y no es desagradable. Nada más. Sus pensamientos vagan inconexos por lo que va a hacer al día siguiente, la ropa colgada y todavía chorreando por la lluvia del sábado que mantiene todo tan húmedo, el dinero que adeuda a la profesora del taller, un pantalón nuevo que no se decide a comprar: ya tiene uno y con ése le sobra, total no sale a ningún lado… y cosas por el estilo. El gato dormita plácido sobre el televisor tibio.

Una de las cuatro sillas comienza a alejarse de la mesa. Chiqui la mira, perpleja. Paralizada. Espera. Y esperando escucha sus palpitaciones. La silla hace una rotación sobre sí misma, como bailarina clásica, enfrentando el asiento hacia la mujer, que imagina que de pronto ha entrado un mago en su casa y quiere sorprenderla con un truco de regalo. Mira hacia todos lados: ni un movimiento humano en el ambiente, ni un ruido, salvo el del televisor y el de esas cuatro patas que habían comenzado a deslizarse lentas y amenazantes, cada vez más cerca de Chiqui que, rama estremecida, se va encogiendo en el sillón. El borde del asiento provenzal ya le está rozando las rodillas, afortunadamente para ella empantalonadas; encoge las piernas, toma uno de los almohadones en los que siempre acostumbra apoyarse y lo abraza fuerte. Quiere evitar a toda costa que esa silla la lastime. A medida que el temor va creciendo, su cuerpo se achica. No tiene noción del tiempo. Le parece que el miedo dura siglos, pero la voz del conductor del programa es la misma. El respaldo de la silla se inclina hacia adelante, y la cabeza de Chiqui, más chiqui que nunca, queda atrapada en los travesaños. Cuando atina a pegar un: ¡BASTA! silencioso no le sirve absolutamente de nada. Ya se encuentra hundida en el interior del sillón que era de la abuela, lastimándose con los resortes, y el relleno de fibras duras, sogas y maderas la inmoviliza, atrapándola.

La provenzal sube al sillón de la abuela, respaldo contra respaldo, ocupando el lugar que antes era de la mujer, y afirma una pata en el control remoto que todavía está en el apoyabrazos. Cambia de canal: Venus. Sus tres hermanas se han ido ubicando a los costados. Todo está en calma. Por fin algo excitante en esta casa en la que nunca antes hubo jadeos. Las sillas saben bien de los cuerpos que se frotan. Chiqui nunca lo supo, ni lo va a saber.

Lidia Castro Hernando

Escritura

Escritura
esa pluma que todos hubiéramos querido tener entre nuestros dedos